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   Carlos Sánchez-Marco

 


3. La lengua entra en el debate

 

La lingüística se convierte en ciencia solamente en el siglo XIX y desde entonces toma importancia creciente en la filosofía política de los pueblos. El siglo XIX, que vió con el romanticismo de la época cómo despertaban de su letargo las literaturas regionales, contempló también - no sin asombro - cómo acompañaban a este resurgimiento factores políticos de nuevo cuño. Comenzaba así a extenderse en círculos nacionalistas de reciente aparición que la lengua es “no solamente el espejo de un pueblo sino incluso su alma viva y la condición privilegiada de su identidad, su elemento principal de cohesión social y por consiguiente, un requisito esencial para conformar la nación”. Se había abierto el debate de la lengua, interviniendo con ardor las nuevas tesis nacionalistas.

Cuando el Partido Nacionalista Vasco expone en su propaganda inicial al tiempo de su creación en 1894 "que Euzkadi restaure su idioma hasta el punto de exilar de sus dominios al francés y al español, que purifique su raza, que se aísle del mundo exterior en su carácter y en sus costumbres, que recupere su antiguo fervor religioso, que persista en su modo de vida anterior a 1839", se me hiela la sangre y constato de inmediato que en la historia antigua, medieval y moderna de Navarra, todo parece haber sucedido - contrariamente a lo que nos quieren hacer creer los nacionalismos - como si el mantenimiento de una lengua propia, autóctona, hubiera sido algo indiferente para sus pobladores (31). O dicho de otra manera. Los pobladores de Navarra, a través de su historia, fueron de tan variado y cambiante origen y étnias, que hubiera sido difícil imaginar cómo las ancestrales hablas vascas hubieran podido servir de vehículo ingénito transmisor de cultura en una sociedad-crisol en permanente evolución y sujeta a contínuas influencias externas.

Fué en este crisol navarro donde cohabitaron en diversos momentos de la historia pobladores vascones, celtíberos, romanos, bárbaros centroeuropeos, musulmanes y judíos, castellanos, berones riojanos, aragoneses, normandos, aquitanos, champañeses y otros francos de diversa procedencia europea, fuertemente romanizados. Una tierra que en el siglo XIII, la Francia de San Luis llamaba de "accueil", de apertura, de acogida, un país relativamente liberal y rico económicamente en los esquemas de aquél tiempo. Crisol que se acentúa y amplía notablemente con la llegada de peregrinos de muy diversa procedencia que recorren Navarra por los caminos de Santiago, lo que supuso una importante renovación económica, social, lingüística, artística, cultural y religiosa. No hay que olvidar que el crisol navarro se surtía también de otras fuentes. Los historiadores romanos nos dicen que el río Ebro ( Iber ) era navegable hasta Varea (muy próximo a Logroño), lo que representaría una importantísima vía para recibir, de inmediato, influencias de civilizaciones mediterráneas.

Numerosos peregrinos se asientan definitivamente en los ricos valles de Navarra y La Rioja, principalmente en las orillas de los ríos Ebro, Arga, Aragón y Ega. Sancho III el Mayor (990-1004-1035) había desviado en el siglo XI la ruta jacobea desde Pamplona para tomar una nueva dirección hacia Puente la Reina y Estella para llegar al Ebro, precísamente cerca de Varea. Hasta entonces, la ruta había tomado desde Pamplona la dirección del valle de la Burunda para adentrarse luego en tierras vascongadas. Tierras éstas húmedas, poco aptas para la agricultura, es decir pobres en los esquemas de aquél tiempo.

Será oportuno detenerse un momento para exponer algunas ideas sobre las fuentes de riqueza en la época medieval que vendrán a explicar el atractivo económico que Navarra tenía para los inmigrantes francos que nos traían la lengua occitana del sur de Francia. 

En la Edad Media - y seguramente mucho antes en el tiempo - la riqueza de un territorio debía medirse de forma muy distinta según tuvieran sus tierras y climatología la capacidad de producir alimentos perecederos (principalmente frutas y verduras)  destinados al sostén diario de la población asentada, o bien (o también) la capacidad de recolectar productos agrícolas no perecederos, destinados principalmente al comercio y que permitían el ahorro (almacenamiento) y la acumulación de capital. Los productos perecederos se obtenían en las tierras de regadío de los valles, aunque al norte de la cuenca de Pamplona y por supuesto al norte de los Pirineos, el riego no suele ser necesario dados los niveles más altos de humedad existentes. Podemos decir que en la mayor parte de Francia o en las Vascongadas, por ejemplo, prácticamente la totalidad de las tierras agrícolas pueden calificarse como secanos húmedos. En este tipo de tierras se pueden recolectar algunos productos agrícolas perecederos, como ciertas frutas y verduras, pero no son aptas para cultivos de secano que generan productos normalmente no perecederos.

La muy variada orografía, pluviometría y altitud de las tierras de Navarra, permitía que en el viejo Reyno pudieran obtenerse ambos tipos de productos agrícolas - perecederos y no perecederos - además de productos lácteos, cárnicos y pieles de la ganadería, y por supuesto productos maderables del bosque. Los primeramente citados - frutas y verduras - son productos típicos de las tierras de calidad que normalmente precisan de riego, ampliamente disponibles en los valles de los ríos que recorren Navarra. ¿Buscaban estas tierras de regadío los francos que se establecían en Navarra al recorrer la ruta jacobea?. Me inclino a pensar que no. Las tierras norpirenaicas, típicamente de secano húmedo, han sido más aptas que las de la Península Ibérica para alimentar extensas poblaciones.

Probablemente buscaban acercarse a la verdadera riqueza de la época, que eran los productos típicamente de las tierras de secano: vinos y aguardientes (la vid), aceite (el olivo), harina y alimento animal (el cereal) y fibras textiles (el esparto, cáñamo, lana, etc). Y no hay que olvidar que el clima seco de estas tierras permitía llevar a cabo el secado de pescado, principalmente del bacalao, lo que sigue siendo una actividad muy típica de la región de Soria, antiguamente enclavada en el Reyno de Navarra.

¿Por qué eran símbolo de riqueza estos productos agrícolas de las tierras de secano?. Contrariamente a los productos agrícolas de las tierras de regadío, los recolectados en tierras de secano no son perecederos, por lo que son susceptibles de almacenamiento, transporte y por lo tanto, objeto de intercambio comercial. Una actividad susceptible también de generar ahorro y con ello, acumulacion de capital y capacidad de inversión. En cambio, los productos agrícolas de las tierras de regadío podían únicamente comercializarse en las ferias vecinas de la comarca - a muy bajo precio por la concurrencia simultánea y puntual de otras ofertas locales de producto - sin posibilidad de transporte lejano. Las tierras de regadío - o de “secano húmedo” como en el norte de Navarra y las Vascongadas - podían sustentar población, pero no permitían acumulación de capital. Eran “tierras pobres”, poco pobladas y más orientadas a la ganadería que a la agricultura.

Navarra disponía de amplias superficies dedicadas a cultivos comercializables de secano. Los ríos Esca (que recorre el valle del Roncal), Salazar, Subordán del valle aragonés de Hecho, y sobre todo el Irati, permitían bajar madera al río Aragón y luego al Ebro para comercializarla, transportada por almadias (32), ampliamente vendida en la zona de Zaragoza e incluso hasta Tortosa. Pocos reinos podían contar con las ventajas que aportaba una ganadería transhumante - Roncal, Salazar y Bardenas - dentro de sus propias fronteras. Las Vascongadas no disponían ni de tierras aptas para los cultivos de secano, ni podían transportar la madera de sus bosques por no tener ríos aptos para el tránsito de almadías hacia los mercados, ni disponían de rutas de transhumancia con origen y destino dentro de sus fronteras. Tradicionalmente sus pobladores vivieron de espaldas al mar, que no fue ni ruta de comercio ni campo de actividad pesquera hasta muy entrada la Edad Media, quizá hasta que Sancho VI el Sabio (1132-1150-1194) se ocupara de ello y diera vida y fuero a San Sebastián. La actividad principal en las Vascongadas fue tradicionalmente la ganadería. Todo ello explica la sabiduría de Sancho III el Mayor al atraer nuevos pobladores al “crisol” navarro desviando la ruta jacobea hacia el valle del Ebro y aporta las razones por las cuales las Vascongadas registraran históricamente un bajo nivel poblacional hasta que comienza la explotación de las minas de hierro y toma arraigo la revolución industrial en el siglo XIX.

 

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El territorio de Navarra fué en ocasiones codiciado y dominado por otros pueblos, mientras que otras veces fueron los reyes navarros los que, con ayuda de sus nobles y pueblo llano, liberaron pueblos de la dominación musulmana, ejercieron soberanía sobre otros territorios u obtuvieron vasallaje en tierras lejanas. Así el reino de León, condado de Aragón, condado de Castilla, señorío de Vizcaya, Álava, Guipúzcoa, Sobrarbe, Ribagorza, ducado de Gascuña, condado de Barcelona o La Rioja, e incluso alejados como Normandía, Brie y Champaña y extensos territorios del valle del Sena o Montpellier en Francia. Intereses aún mas lejanos llevaron a los navarros a gestas en Albania y Grecia. El intercambio cultural acaecido entre Navarra y otros pueblos, incluso en las Cruzadas a Jerusalén y los Santos Lugares o en la misma guerra franco-inglesa de los Cien Años (1337-1453), debió de ser asombroso y enriquecedor en la Edad Media, poco común en otros reinos cristianos de la Península. El escritor funesino Javier Díaz Húder ha retratado magníficamente en sus novelas históricas este ambiente, este crisol de culturas y encuentros europeos, que caracterizó a Navarra en la Edad Media.

Esta diversificación y cruce poblacional - la formación del “crisol” - tuvo que tener profundas e irreversibles consecuencias lingüísticas y también políticas ya que para formar la "cité" - opina Caro Baroja - es requisito necesario la diversidad, lo que, en sí mismo, acentúa y desarrolla los intercambios comerciales. Así fué el caso de Pamplona que logró en el siglo XV, con durísimas dificultades, integrar sus burgos dispares y enfrentados. Cuando J.I. Del Burgo cita a Menéndez Pidal está en lo justo. Para Menéndez Pidal, las causas del localismo no están en la variedad que aportan las diversidades étnicas, psicológicas y linguísticas, sino justamente en lo contrario, en la uniformidad del carácter, en todas partes individualista, en el iberismo que escribe Estrabón como poco apto para concebir la solidaridad. Y así concluye J.I. Del Burgo que lo extraordinario es que Navarra hubiera sabido fundir todos los elementos yuxtapuestos y crear una conciencia regional estable y duradera, que ha superado por encima de su diversidad, y quizá precísamente por tal diversidad, todas las crisis políticas y sociales de su ya largo periplo histórico.

Navarra tiene aún hoy día conciencia de su realidad histórica, de una indudable cohesión social forjada desde la aparición del Reyno en los albores de la dominación islámica. Pero los navarros intuyen también que ni la lengua, ni la raza, ni las mismas costumbres, ni el habitat territorial (su paisaje, su orografía, su pluviometría diversa), ni su variada actividad económica, fundieron su unidad geográfica que ya es, en sus límites territoriales actuales, casi milenaria. 

También es justo reconocer que quizá hoy, al comenzar el siglo XXI, esa conciencia de su realidad histórica - que crea cohesion social - esté algo perdida o tergiversada, quizá dormida o ahogada por la mediocridad colectiva de los nuevos hábitos sociales urbanos, titubeantes en una cambiante escala de valores de índole relativista. Pero aún así, qué duda cabe que persiste en Navarra desde antiguo una clara conciencia regional, como en otros muchos lugares de España. Una conciencia regional sobre la que gravitan peligrosamente tesis de cuño nacionalista-separatista que politizan y confunden la cultura histórica.

Y así se va instalando poco a poco la impresión de que Navarra puede llegar a tener, por derecho histórico, lo que ahora - con cierto vacío conceptual y no poca presunción localista - viene en llamarse "entidad propia". No es difícil confundir las apreciaciones políticas cuando se confunde al pueblo en el conocimiento y valoración de su historia. Y a eso se juega y lo hace con gran astucia y éxito el separatismo vasco en Navarra. Al navarro, consciente de su realidad histórica y cohesión social, dotado de una sana conciencia regional, le quieren ahora avergonzar de haber contribuído a crear España y le hacen creer en cambio que sólo tras aceptar tesis culturales vasquistas poseerá verdaderamente una "identidad propia". Que sólo así conseguirá "diferenciarse" realmente de otros grupos nacionales y cumplirá los requisitos necesarios para que se le reconozcan los atributos de la nación. Y el navarro, que había sentido orgullo de haber sido protagonista importante, con Aragón y Castilla, en la creación de la nación española, se le presenta ahora como un atributo de personalidad el “ser diferente” de sus vecinos. El sano sentimiento regionalista del navarro se asoma ahora a las tesis nacionalistas-separatistas. Y así se ha constatado en las elecciones de mayo de 2007. El peligro de Navarra y de sus dirigentes de UPN es caer en un “nacionalismo navarro” - posible aliado de conveniencia del nacionalismo vasco - como ya tentara a J.C. Alli en su momento. El separatismo vasco está teniendo una peligrosa influencia en Navarra, aunque no todo el mundo lo reconoce, con un importante impacto en la educación infantil y adolescente impartida en las ikastolas y el progreso de un “nacionalismo lingüístico”. Debe reconocerse que es admirable la paciencia de los nacionalistas vascos - incluso cuando por conveniencia electoral deslealmente esconden su “ikurriña” - para ir haciendo progresar poco a poco sus tesis que irremediablemente llevan al independentismo.

Se está tratando en primer lugar de debilitar la identidad histórica de Navarra para que se instale en el navarro la duda sobre su propia cultura. Los nacionalistas vascos han sido maestros en esta táctica que sin duda les aportará frutos a no muy largo plazo en Navarra. Un mayor nivel cultural y de conocimiento de nuestra propia historia hubiera sido necesario en Navarra para frenar las tergiversaciones y empuje nacionalistas, algo que los gobiernos de UPN y de PSN no propiciaron desde la transición, seguramente por falta de conviccón propia al respecto. Y en ello la sociedad navarra deberá exigir a ambos partidos políticos - llamados "constitucionalistas" - una grave responsabilidad. 

Incluso un vasco que no se profesó nacionalista, ex-presidente del Senado y profesor de historia moderna, Juan José Laborda, nacido en Bilbao, en ese momento portavoz en el Senado del grupo parlamentario socialista, dijo en septiembre de 1996, en relación con el polémico debate sobre la creación de un "Organo Común Permanente de Encuentro" (33) entre Navarra y el País Vasco, que "Aznar debía realizar un esfuerzo similar al realizado con Arzallus para que el Acuerdo pueda ser autorizado por las Cortes y no se convierta en papel mojado, porque en ese caso también será papel mojado la oportunidad de que, por vez primera, los nacionalistas democráticos reconozcan en un texto legal la entidad de Navarra como Comunidad diferenciada".

Es admirable observar cómo los navarros no tomaron agravio de las palabras de Laborda cuando éste ofrecía estúpidamente que textos legales emitidos por la Comunidad Autónoma Vasca – Euskadi ( 34 ) - otorgaran a Navarra carta de naturaleza, reconociéndole entidad propia. Será que los navarros, con ese sentido arraigado de la verdad que no saben ocultar con las artes de la diplomacia sino con largos silencios inquisitivos hasta poner en ridículo a su oponente, intuyen que la entidad de reciente apelación Euzkadi es la que, con angustia por la falta de una verdadera entidad histórica, busca ésta ahora atropelladamente. Entidad que no conservó ni luchó por conservar en una historia cargada de dominación aceptada, cuando no buscada, de Castilla. Las provincias vascongadas, que nunca rigieron sus propios destinos en la historia, se unen ahora en una nueva Comunidad Autónoma que autoproclaman "comunidad histórica", concepto muy limitado y que seguramente es el apropiado pues se trata únicamente de un concepto de naturaleza sociológica, no política.

No son muchas las regiones de España que, como Aragón y Castilla-León, puedan lucir con Navarra esa consistencia, casi terca, de integración social alrededor de un concepto unitario a lo largo de un período histórico tan dilatado en que rigieron sus propios destinos antes de fundirse políticamente en España. Atributo esencial que no poseen las llamadas "comunidades históricas", Cataluña, Galicia y el País Vasco. Todas las teorías que definen los determinantes fisiológicos y culturales que conforman la "nación" no han dado en explicar cómo la Navarra actual, sin poseer muchos de esos determinantes (ni raza, ni lengua, etc.), sigue conservando su conciencia histórica, se trate de entroncarla con sus pobladores vascones de ascendencia desconocida, con su monarquía autóctona pirenáica del siglo IX, con los monarcas de Aragón que, descendientes de los reyes de Navarra, reinaron en Navarra. O con sus monarcas de la Casa de Champaña, los Capetos de Francia, los Evreux, los Trastamara, los Foix-Grailly-Bearn-Albret, los Hapsburgo o los mismos Borbones que, desde el Reyno de Navarra, llegaron a reinar en Francia desde finales del siglo XVI y siguen aún reinando en España.

Y en ello, la lengua no fué históricamente en Navarra elemento uniformador, no creó nacionalidad, no fué expresión de raza ni tampoco acuñó una cultura diferenciada. Por el contrario, la historia de Navarra es un ejemplo vivo de mestizaje, de variedad en todas sus manifestaciones: étnica, lingüística, costumbrista, jurídica y no en menor grado, temperamental. Navarra mostró al mundo un nuevo concepto de soberanía compartida en las relaciones rey-reyno, siendo sus fueros el resultado insólito de su predisposición al pacto que aún hoy pervive y se siente. Así nacieron y continúan hoy en vigor sus derechos históricos adquiridos, que la Constitución de 1978 reconoció como preeexistentes a ella y que continúan teniendo trascendencia jurídica.

Si como dice Rodezno, los navarros sienten el peso y el honor de una tradición esclarecida y se han formado en el culto a tradiciones familiares y en el amor al país nativo, ¿podemos ahora los navarros hacer tabla rasa de las influencias que recibimos de numerosos pueblos que trenzaron en ella sus culturas para, en su lugar, adoptar doctrinas excluyentes y monocolor separatistas?. ¿Pueden ahora los navarros hacer suya, sin trauma, la doctrina nacionalista vasca y creer que son parte de una identidad vasca excluyente de otras culturas, de una sociedad virginal - la absurda virginidad racial que decía Unamuno - dotada de todos los atributos de una bondad original que hay que descontaminarla de toda influencia exterior?. Podrán si lo desean optar a ello aprovechando el actual rápido cambio hacia una escala de valores urbana materialista-relativista y sin raíces de la sociedad. Pero lo harán o por mediocridad cultural y desconocimiento de la historia, o sabiendo que habrán ido muy en contra de esas tradiciones que forjaron históricamente su carácter y su cultura. Y es precisamente ahí donde tienen que intervenir nuestros “aristos” navarros, los líderes políticos que he citado antes, para ayudar en la formación de una opinión pública que respete y entronque con las realidades del pasado, de la historia.

Según todos los datos históricos es irrefutable que Navarra no tuvo una unidad de lengua. Pretender otra cosa sería especular con la historia. Aunque, como dice Narbaitz, las piedras, los montes y los ríos navarros hablaron vascuence desde antaño, el celta o el celtibérico se impuso también en numerosas zonas de Navarra y aunque la influencia romana, fuertemente implantada, se manifestará especialmente en la zona sur y región del Ebro, e incluso en la villa de Pompeyo y hasta en regiones montañosas del este, Navarra se romanizó en latín hasta que nació más tarde el romance navarro. Las capas sociales más cultivadas darán pronto la espalda al vascuence que no les sirve como vehículo transmisor de cultura escrita y lo olvidarán poco a poco. Hasta prácticamente desaparecer en el siglo XX, un hecho del que me ocupo más adelante.

No podía haber sido de otra manera y sería presuntuoso y falaz pretender que el alma y faz de Navarra y de los navarros de hoy no se hubieran forjado de manera muy especial desde la romanización y a través de los 1200 años que han transcurrido hasta hoy desde las gestas de Roncesvalles de 778 y 824 para sacudir las ambiciones pirenaicas de los carolingios. Lo anterior a ese ya muy prolongado período serían poblaciones vasconas viviendo en el Pirineo navarro-aragonés y sus estribaciones - no en los actuales territorios vascongados - con una sencillísima organización primitiva rural, de carácter patriarcal y gentilicia, posiblemente sin cohesión política y carente de entidad social y desde luego territorial. Pudo haberse practicado el monolingüísmo en vascuence, pero de ello los historiadores, etnógrafos y antropólogos solamente nos presentan conjeturas. Ni siquiera puede hoy zanjarse la duda sobre si el concepto histórico de vascón es solamente étnico o también necesariamente lingüístico.

 

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