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   Carlos Sánchez-Marco

 


Toponimia

El nacionalismo vasco ha reconocido un profundo deterioro y pérdida de la toponimia vasca, calificando esta pérdida como un factor esencial en lo que Jimeno Jurío considera - con tintes de exclusión y monopolio vasquista -, la más “profunda e irreversible crisis de personalidad e identidad que ha experimentado Navarra en toda su historia”. Opinaba también Jurío (e21) que la toponimia vasca estaba en trance de desaparecer, “debido a la profunda evolución de la sociedad, de sus concepciones y modos de vida, y a las transformaciones del suelo y su destino, afectados por nuevos viales, urbanizaciones, instalaciones industriales, deportivas y pecuarias, por privatizaciones sistemáticas del territorio comunal y por concentraciones parcelarias”. Profunda evolución social y lingüística, que las tesis del nacionalismo lingüístico no pueden aceptar, si esta evolución hubiera de ir en detrimento de la recreación de una lengua como principal amalgama en la concepción y formación de una nueva nación vasca políticanmente independiente.

El nacionalismo lingüístico ha otorgado gran importancia a los aspectos de la toponimia, ya que se trata del principal - y a menudo único - testimonio escrito de una cultura vasca, que permite inferir el grado de implantación, ámbito y evolución de los espacios vascoparlantes, para fijar fronteras lingüísticas. No es difícil comprender que el primer objetivo del nacionalismo lingüístico haya sido rastrear todas las posible fuentes de información - escrita u oral - para rearmar la toponimia navarra creando artificiales y nocivas fronteras lingüísticas y eliminando cualquier evolución habida en la toponimia en el correr de los tiempos, para volver a instalar oficialmente la toponimia que deberá servir para llevar a cabo su anhelada euskaldunización de Navarra.

Qué duda cabe que tiene un gran mérito político - no así cultural - haber conseguido convencer a los gobiernos navarros de PSN y UPN - siempre acomplejados con el tema de la lingüística - colocar en lugar preferente Orreaga allá donde todos los europeos vinieron desde antaño a visitar Roncesvalles, eje y bucle histórico internacional de la ruta jacobea.

La Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento del Fuero (1982) reconoció que el “castellano” - en terminología incorrecta de la Constitución de 1978 (e22) al referirse a la “lengua española” - era la lengua oficial de Navarra y que el vascuence también sería oficial en los territorios vascoparlantes. La ley Foral del Vascuence de 1986 precisó el grado de oficialidad de esta lengua y en su artículo octavo estableció el uso que correspondía a la toponimia. Reconocía expresamente que correspondía al Gobierno de Navarra fijar los nombres de los lugares de la Comunidad Foral, además de los nombres de las comarcas, núcleos de población y vías interurbanas. Los topónimos en Navarra tendrían su forma oficial en vascuence y en español de acuerdo con las normas que la propia ley estipula, todos los nombres aprobados por el Gobierno serían a todos los efectos los únicos legales y la rotulación se realizaría según ellos. El Gobierno de Navarra asumió pues una gran responsabilidad a la hora de oficializar la toponimia.

Por lo que respecta a los nombres de las localidades, comarcas y valles, el gobierno de Navarra se puso en manos de la Real Academia de la Lengua Vasca (e23), no obstante que sus objetivos se identifican plenamente con el “nacionalismo lingüístico” de las tesis independentistas vascas. Considera el nacionalismo vasco que la toponimia - los nombres propios de lugar - además de ser parte importante del corpus de una lengua, es un distintivo esencial de la identidad de un pueblo, por lo que debe promoverse el cambio de denominación oficial en el caso de municipios y entidades de población que no utilizaban la apropiada, o sea la que según el nacionalismo vasco se debe inscribir en vascuence.

La divulgación del trabajo realizado por el Consejo Navarro del Euskera y La Real Academia de la Lengua Vasca en el año 1998 ha sido el eje del libro "Toponomia de Navarra. Criterios de Normalización Lingüística y Nomenclator de Localidades", publicado el año 2000 por el Gobierno de Navarra. Con el trabajo de estas dos instituciones se han fijado las grafías oficiales vascas de todos los nombres de las localidades de Navarra. El origen de la citada publicación hay que buscarlo en la preocupación del “nacionalismo lingüístico”, comunicada al Gobierno de Navarra, ante la pérdida de nombres vascos, principalmente donde habían perdido actualidad las hablas vascas. Con este proyecto, la Dirección General de Política Lingüística del Gobierno de Navarra dijo querer recuperar un patrimonio cultural y lingüístico de gran valor, negando así torpemente cualquier evolución lingüística ocurrida durante la historia y adaptándose o plegándose sin criterio propio a las normas lingüísticas aprobadas por la Real Academia de la Lengua Vasca (e24).

Reconoce el Director General de Política Lingüística del Gobierno de Navarra, en la citada publicación, que “se ha hecho una inmensa labor en la toponimia, tanto en el aspecto investigador como en el legal, y, en consecuencia, en estos diez años la toponimia ha cambiado radicalmente”, confirmando de este modo su renuncia a aceptar los fenómenos de evolución histórico-lingüística, propugnando en cambio la bonanza y conveniencia de radicalizar tan difícil asunto. Con tal predisposición, “los topónimos y grafías vascas tuvieron acceso por primera vez a la toponimia oficial de Navarra”, correspondiendo al Gobierno de Navarra “fijar definitivamente” los topónimos de la Comunidad Foral “que serían, a todos los efectos, los únicos legales. Negando en consecuencia protagonismo directo a la sociedad en esta materia de comunicación social, de no ser a través de sus representantes parlamentarios, lo que constituye una innovación que debe encontrar un lugar insólito en los textos de sociología y derecho político. Y no es baladí el asunto - el intervencionismo gubernamental va a fondo - pues el Gobierno lleva también a cabo una política de “normalización de los nombres de casas”. Puesto que muchas familias no se han avenido a euskaldunizar su apellido en formato batúa, las casas deberán sin embargo ser registradas o rotuladas siguiendo recomendaciones gubernamentales. Es posible que en el futuro - como ya se constata en el presente - solamente se pueda mantener los nombres tradicionales de familia en las esquelas de los periódicos o en los anuarios telefónicos, que se van convirtiendo en silenciosos soportes de protesta lingüística.

Las normas que se utilizaron en la fijación vía decreto de los topónimos están recogidas en el volumen que explica la metodología del proyecto. El Gobierno consideró que, “dada la pluralidad lingüística vivida, de la que da testimonio la toponimia, ésta venía sufriendo pérdidas y deterioros, singularmente donde hace tiempo se perdió la lengua vasca. Es decir, no aceptó la evolución de las lenguas, la influencia mútua entre ellas, ni la preponderancia histórica de la lengua española en la escritura, concluyendo con ignorancia, mediocridad o desprecio intelectual al hecho histórico, que las “pérdidas y deterioros” de la toponimia vascuence debía ser – sin cobertura legal - reparada vía decreto para “recuperar el tesoro de la toponimia navarra”. Tesoro de la toponimia navarra que se niega abusivamente – en flagrante contradicción y falsedad histórica – a la toponimia desarrollada por las lenguas romance autóctonas y la lengua española, que debe ahora ser degradada socialmente por decreto en Navarra. Y todo ello con el concurso y protagonismo de la Unión del Pueblo Navarro presidida por Miguel Sanz.

A modo de ejemplo, si la evolución lingüística nos ha llevado al actual nombre de Astrain en la cendea de Cizur, cerca de Pamplona, los decretos gubernamentales - condicionados por la Real Academia de la Lengua Vasca - determinan un nombre que suene más vasco como “Asterain”, cayendo en el ridículo de desconocer, o de ocultar al pueblo el conocimiento, que tanto Astrain como Asterain son ambos de origen latino (e25). Sin embargo, cuando se trata de la evolución de un nombre de origen latino como “Miraculum” que evolucionó fonéticamente en un romance medieval autóctono navarro a “Miraglo” y de éste al actual “Milagro”, el gobierno ha considerado - con mucho acierto por cierto - que no sería encontrar un “tesoro” el cambiar caprichosamente el nombre actual de Milagro para volver a “Miraculum”. En este caso se aceptó la evolución lingüística. Sin embargo, esta evolución no se acepta cuando se trata del vascuence, aun cuando éste no se escribió en la Edad Media o anteriormente. Éste es solamente un botón de muestra para poner en evidencia que los gobiernos de Navarra, fueran conducidos por PSN o por UPN, cayeron en un desaire científico en materia lingüística al secundar las tesis del “nacionalismo lingüístico”, que perseguía ante toda una “corrección política” antes que “lingüística”, como en un mercadillo de trapicheo lingüístico, políticamente motivado y vigilado con acciones violentas.

El autoritarismo lingüístico a que han sometido irresponsablemente a la sociedad navarra los gobiernos forales desde la transición, se pone de manifiesto al considerar los criterios utilizados en materia de toponimia. Por ejemplo, en el caso de lo que los nacionalismos vascos llaman la “Navarra romanizada” - como pretendiendo que la zona de la Montaña no lo hubiera sido - se consideró que “La pérdida de la lengua vasca fue muy temprana, si es que se habló alguna vez. Los topónimos, generalmente romances (con vestigios de otras hablas, como el árabe), no han sufrido la corrupción -  corrupción - que afectó a los de la zona donde se perdió el euskera. Pese a no haberse producido un fenómeno de sustitución lingüística, probablemente, no cabe duda de que muchos han evolucionado y se han transformado, por lo que se hace necesario -  se hace necesario - someterlos a un proceso de normalización. En esta consideración se niega abiertamente la posibilidad de una evolución lingüística a través de la historia y se manifiesta una presunción en favor de que los poderes públicos puedan o deban “dictar” o dirigir (“normalizar”) esa evolución y la forma actual de comunicarse la sociedad. En el caso de la zona vascoparlante de Navarra “en la zona donde perdura vivo el euskera, la toponimia ha evolucionado de forma natural, a una con la lengua hablada. Por ello merece - merece - un tratamiento específico. Y allí donde la lengua vasca se ha perdido, los topónimos no han evolucionado normalmente; han sufrido distintos grados de corrupción, según la antigüedad de la sustitución lingüística. Nos referimos solamente a los tradicionales; los nuevos han sido creados según modelos castellanos.”

Un análisis de los criterios para la normalización de la toponimia de Navarra - propuestos por la Real Academia de la Lengua Vasca y utilizados por el Gobierno de Navarra - descubre innumerables situaciones en las que ha predominado una flagrante arbitrariedad motivada por el deseo de inclinar la balanza en favor del vascuence. El Gobierno reconocía en efecto que el vascuence no ha sido nunca la lengua de la Administración y que por ello nos enfrentamos actualmente con muchos problemas para decidir cual es el equivalente euskérico correcto del nombre de un pueblo, pues al faltar esa tradición administrativa nos tenemos que basar, en el mejor de los casos, en la tradición popular, siendo la labor de examinar los documentos escritos en la lengua oficial, en la mayoría de las ocasiones, totalmente inútil, si no es para analizar la toponimia menor”. Y reconoce el Gobierno de Navarra que, aunque se han hecho algunos errores, no hay por qué corregirlos puesto que la gente “se ha acostumbrado a ver escritos esos nombres todos los días”. En particular, en las zonas donde no se utiliza el vascuence y donde no hay estudios que demuestren que alguna vez se utilizó, se han creado neologismos (Azkoien por Peralta) “cuando la situación lo ha exigido”, como “Erromantzatua” para denominar el tradicional topónimo del valle del Romanzado en la merindad de Sangüesa.

En estos intentos de “normalización lingüística” - un concepto todavía inexplicado - resulta sorprendente leer cómo reconoce el Gobierno de Navarra las dificultades que ha tenido en materia de toponimia: “en primer lugar, queremos manifestar que por variante euskérica deben entenderse los nombres que los vascoparlantes hemos utilizado - (el uso del pretérito perfecto denota una autoría personal que manifiesta que sus superiores no leyeron el texto porque hubieran corregido la persona del verbo) - al hablar en euskera durante los últimos siglos (…) Para saber qué formas hemos utilizado los vascoparlantes durante los últimos siglos, en primer lugar, hay que analizar todos los textos escritos en vascuence aunque, desgraciadamente, muchos nombres de pueblos no aparecen escritos en esa lengua. (…) Existen todavía, sin embargo, algunos pueblos que no sabemos exactamente cómo se denominaba en vascuence (Guirguillano, Otiñano o Villamayor). (…) “modificaremos las variantes euskéricas normalizadas (lo que) no supone de ninguna manera una deshonra para el vascuence, ya que la situación de esa lengua es muy diferente de la del castellano, desde muchos puntos de vista, por numerosas razones que no es preciso citar”. Y “como norma general se preferirán las formas que aparecen a partir del siglo XVI, en perjuicio de las más antiguas”, lo que se hace por razones extralingüísticas para ocultar el origen latino de algunas toponimias consideradas erróneamente vascuence. Así, se prefiere Gorozin a Goroziain (e26). El Gobierno de Navarra reconoce que en los últimos siglos los navarros vascohablantes han utilizado Estella refiriéndose a la totalidad de la ciudad actualmente existente, mientras que Lizarra era un nombre antiguo que estaba referido solamente a un pequeño núcleo alrededor de la parroquia más antigua de Estella, San Pedro de Lizarra. No obstante ello, el Gobierno opinó que Lizarra tuvo una gran acogida en los ambientes vascófilos de Navarra y no convino volver atrás pues hubiera sido violento hacerlo... . 

La evolución de las lenguas no puede quedar sujeta a decisiones parlamentarias ni a criterios evolutivos impuestos vía ley, decreto u orden funcionarial. Menos aún convertirse en arma arrojadiza. Como mucho, los gobiernos pueden “registrar” el uso real de las palabras en las hablas vivas según el tiempo, el uso y las circunstancias históricas. En ningún caso puede imponer a la sociedad la forma en que ésta deba comunicarse, ni pueden los poderes públicos usar la “goma de borrar” para reconducir retroactivamente la evolución de las lenguas - y menos por consideraciones de índole política y coyuntural - salvo asumiendo el ridículo científico, social y político que ello comporta. “También las palabras tienen su propia vida e historia” escribe Arturo Pérez-Reverte, miembro de la Real Academia Española.

La interpretación del ordenamiento jurídico hecha por la Dirección General de Política Lingüística (e27) del Gobierno de Navarra contradice además en numerosas ocasiones la propia letra y espíritu de las normas legales, en un afán de llevar a cabo una "discriminación positiva " en favor del vascuence citada anteriormente, un principio no contemplado en el ordenamiento jurídico. Así:

  • por un afán de "equilibrio bilingüísta" - principio que tampoco está consagrado en el ordenamiento jurídico - se traducen topónimos al vascuence que, por su uso prolongado y bien establecido, consagrados tradicionalmente en cada generación, no debieron haber sido traducidos o ser objeto de doble denominación (San Lorenzo / Lorentxo) (e28).
  • se oficializan variantes euskéricas antiguas y muertas o perdidas, o desconocidas en cada generación, incluso reiventadas por analogía con otros lugares, rebautizadas o reconstruídas con o sin documentación histórica que lo avale suficientemente, en detrimento de variantes vivas y tradicionales (e29).
  • se eliminan variantes euskéricas dialectales navarras en favor de nuevas variantes "batúa" en flagrante desobediencia al artículo 1-3 de la Ley del Vascuence de 1986.
  • se introducen dobles denominaciones de un mismo término vasconizando de nuevo cuño un origen romance, como la nueva apelación “Gendulain” de origen latino “Guendulain (el feudo de Guendulo)” o “San Frantzisko iturria” por “Fuente de San Francisco” en Rocaforte (Sangüesa)
  • se prescinde totalmente del topónimo latino junto al vascuence en la zona vascófona de Navarra
  • se corrige la forma en que tradicionalmente se ha escrito un lugar para introducir nuevas formas del batúa que se han buscado para “acomodar” la pronunciación vasca, alejándola de fórmulas utilizadas tradicionalmente en español (Francia / Frantzia) (e210).
  • el artículo 1-3 de la Ley del Vascuence (1986) prescribe que “las variedades dialectales del vascuence en Navarra serán objeto de especial respeto y protección”. La Dirección General de Universidades y Política Lingüística del Gobierno de Navarra tiene entre sus competencias y funciones: “Promover planes y actuaciones relativas a la conservación y desarrollo de las variedades dialectales del vascuence en Navarra”. Nada al efecto ha sido hecho sin embargo, de no ser el triste intento necrológico de preservar conservaciones en grabaciones para disponer de un material sonoro (Fonoteca del Vascuence en Navarra).
  • el artículo 16 de la Ley del Vascuence (1986) prescribe que “las entidades locales de la zona vascófona utilizarán el castellano y el vascuence en todas sus disposiciones, publicaciones, rotulaciones de vías urbanas y nombres propios de sus lugares, respetando, en todo caso, los tradicionales”, lo que es sistemáticamente incumplido en los pueblos de la Montaña e incluso algunos de la zona mixta, bajo la atenta custodia y observación de los seguidores de ETA. 

Que la Dirección General de Universidades y Política Lingüística del Gobierno de Navarra no tiene ideas interesantes, respetuosas con el fenómeno histórico-cultural de la evolución lingüística, respecto de la toponomia navarra, queda reflejado en las competencias y funciones que anuncia en esta materia: “Actuar en cuanto a los topónimos en la Comunidad Foral de conformidad con la legislación vigente” (e211) … lo que no podría ser de otra manera.

 

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