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   Carlos Sánchez-Marco

 


20. La lengua en el siglo XIX


La violenta conmoción política del siglo XIX y los cambios radicales que experimentan las formas de vida y pensamiento a lo largo de esa centuria dejan su huella en la lengua y en la cultura españolas. Pero será en el orden institucional y constitucional donde se zarandean sin rumbo las ideas de la revolución francesa, donde los conceptos uniformadores de los llamados liberales no encuentran fácil acomodo, donde la tradición y la religión del carlismo hacen causa regional contra el centralismo rupturista, y donde los fueros y las viejas costumbres detendrán su paso para ceder la iniciatina a nuevas cámaras legislativas que serán en adelante el símbolo de un centralismo político e institucional que, de forma poco inteligente, pretendió reforzar la unión nacional pero consiguió en cambio dividir a España en dos, lo que aún perdura.

La crisis espiritual y política en que se instala el mundo hispánico a partir del siglo XVIII no había restado vitalidad a la lengua española. Y sin duda que el vocabulario habría de reflejar las conmociones ideológicas y políticas del siglo XIX. Son seguramente las Cortes de Cádiz (1810-1814) las que inauguran un intenso florecimiento de la oratoria y un nuevo movimiento intelectual y a veces reivindicativo que mostrará preocupación por recuperar en unos casos y crear en otros, el uso literario de las lenguas minoritarias. Coincide ello con el inicio de la industrialización que provoca los primeros éxodos rurales y desplazamientos regionales de masas obreras que fomentan el uso del español en las comunidades catalana, vasca y asturiana.

Con el romanticismo decimonónico despiertan de su letargo las literaturas regionales y su resurgimiento se ve pronto reforzado por factores económicos y políticos. Sin embargo, la elaboración literaria del catalán, la menos sostenida y menos extensa del gallego y los primeros intentos de capacitar al vascuence como lengua transmisora de cultura, no impiden que continúe la aportación de las respectivas regiones a la literatura nacional en lengua española. A ello contribuyen figuras tan destacadas de la Renaixença catalana como Victor Balaguer y Milá; artículos y ensayos del poeta barcelonés Juan Maragall y la extensa producción del valenciano Blasco Ibáñez, así como la de los alicantinos Azorín y Gabriel Miró. De los gallegos, Rosalía de Castro escribe en español la mayor parte de sus obras; la Pardo Bazán y Valle-Inclán pertenecen por completo a la literatura española, sin dejar de ser por eso máximos intérpretes del alma gallega. Y otro tanto ocurre con los vascos Unamuno, Baroja, Maeztu y Basterra.

La vitalidad de la lengua española se revela no sólo en su creciente difusión, sino también en la fundamental unidad que ofrece, a pesar de usarse en tierras y ámbitos sociales tan diversos. Es sin duda su fuerte tradición literaria la que otorga esa cohesión y la que mantiene vivo el sentido de la expresión correcta. El uso culto elimina o reduce los particularismos locales dentro de España y solamente aumentan las diferencias conforme desciende el nivel cultural y son menores las exigencias estéticas. Asoma entonces el vulgarismo y se incrementan las notas regionales. Y es también hondamente significativo que los rasgos vulgares sean, en gran parte, análogos en todos los países de habla hispana.

El empuje y vigor de la lengua culta había estrechado de forma irreversible y progresivamente el área de influencia de los viejos dialectos. Las nuevas aglomeraciones urbanas son centros importantísimos de difusión de la lengua española. Después, el desarrollo de los nuevos medios de transporte y las comunicaciones, el servicio militar unificador, la escuela y los nuevos centros de trabajo industrial ahogan la vida precaria de los últimos vestigios del leonés y del aragonés. El vascuence apenas logra sobrevivir y a principios del siglo XX Miguel de Unamuno (1864-1936) dictamina su muerte, proponiéndole un honroso entierro definitivo. Subsistirán unicamente hábitos regionales, principalmente en la entonación y en la fonética, peculiaridades comarcales y algunos rasgos dialectales, incluso por supuesto en la región de Castilla.

Ahondar en el siglo XIX y observar cómo prosigue hoy día el intento de usar las lenguas para fines políticos, ya no nos aportaría mucho para comprender la evolución de la lengua y su influjo en la historia. Eso nos llevaría a abrir un capítulo nuevo sobre política y las nuevas tácticas proselitistas de los “nacionalismos lingüísticos”. Puedo cerrar éste sobre la lengua constatando que la española, lejos de manifestar síntomas de decadencia, ha quintuplicado su número de hablantes en los últimos 150 años. Hoy es lengua oficial y de cultura de cerca de 400 millones de seres humanos en numerosos países del mundo, situándola a la cabeza de la familia románica, muy por delante del portugués, del francés o del italiano.

Esta es la lengua que desde hace muchos siglos ha unido a los navarros, la única que los ha permitido expresarse culturalmente, la que en romance se formó en un crisol de culturas e irradió desde un cenobio navarronajerino, San Millán de la Cogolla. Arrastrando luego en su senda a Castilla y a Aragón y uniendo después a toda España y contagiando a muchos otros países. La misma que asombró al mundo en su torrente de creación literaria en los siglos XVI y XVII.

Y es la que nos ofrece un pié seguro para vivir con alma propia – sin acosar nuestras tradiciones - lo que nos depara el siglo XXI.

 

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