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   Carlos Sánchez-Marco

 


19. El centralismo borbónico y la fijación del idioma


Pero con el advenimiento de la dinastía borbónica a comienzos del siglo XVIII, se impregna España de las modernas ideas centralizadoras de Versailles donde la moda y los modos políticos los ha impuesto de forma deslumbrante Luis XIV. A la muerte del último Austria, Carlos II (1661-1665-1700), España sigue atónita la Guerra de Sucesión a su trono, que enfrenta muy principalmente los intereses de Inglaterra y Francia. La causa del Archiduque Carlos consolida un mayor apoyo en los territorios de la Corona de Aragón, pero el pretendiente borbónico, Felipe V (1683-1700-1746), se alza con la victoria.

Tras un largo asedio, cae Barcelona en poder de las tropas franco-españolas el 11 de septiembre de 1714. El orden constitucional catalán es desmantelado y la Renaixença catalana del siglo XIX descubrirá en ello un símbolo de antagonismo con el estado centralista, una mitificación del pasado medieval y un punto de referencia literario, artístico, histórico y político. Y ello a pesar de los saludables efectos que el reformismo borbónico supuso para el desarrollo de la economía catalana y de su nueva burguesía mercantil que tradicionalmente ha gobernado Cataluña.

El celo del Archiduque Carlos por los fueros también le grangea simpatías en Aragón, aunque la proclamación del Archiduque no fué allí unánime. El Reino es recuperado definitivamente por los Borbones en diciembre de 1710 y se aplica de inmediato el decreto de Nueva Planta de junio de 1707. "Siendo mi voluntad que estos se reduzcan a las leyes de Castilla y al uso, práctica y forma de gobierno que se tiene y se ha tenido en ella y en sus tribunales, sin diferencia alguna en nada". "Los Reynos de Aragón y de Valencia, y todos sus habitantes por el rebelión que cometieron, habían perdido todos los fueros y libertades que gozaban".

La constitución del Reyno de Aragón, que se había mantenido con los Austrias completamente independiente del gobierno de Castilla, dejó de existir "que cesse en essa ciudad (Zaragoza) el gobierno, practica y estilos que hasta aquí ha habido, y se establezcan en ella los mismos que se observan y guardan en los demas de estos Reynos de Castilla". El Rey ya no se verá limitado por los fueros: "llegó el momento tan deseado por el conde duque de Olivares, de que los reyes de España fueran independientes de todas las leyes, salvo las de su propia conciencia". Poco después dejaría su cargo el Justicia de Aragón y los aragoneses se verían obligados, por primera vez en su historia, a contribuir a la hacienda de Madrid y sufragar las guerras de Castilla.

Navarra no es "reyno desafecto" a la causa borbónica y no ve en consecuencia mermados sus derechos históricos. Felipe V es descendiente directo de los reyes de Navarra que, desde Enrique III de Navarra (1553-1572-1610) y IV de Francia en 1589 - bisnieto de Catalina de Navarra Foix-Grailly-Béarn (1470-1483-1518) y Juan de Albret (1469-1516) - detentan la corona de Francia. Felipe V probablemente se encuentra cómodo en la tierra de sus antepasados, e incluso reside una larga temporada en la villa de Corella (191). Aparte un breve período de tiempo en que las fronteras de Navarra con Castilla, situadas todavía en el Ebro, son trasladadas al Pirineo, el centralismo borbónico no entra en conflicto con los fueros navarros.

La unificación de España, que los Austrias habían llevado a cabo por el influjo natural de la lengua, la religión, la geografía peninsular, la cultura histórica y las empresas nacionales, se reafirma ahora como derecho de conquista borbónica. En la administración civil y eclesiástica y en la enseñanza se promueve una política deliberada de "castellanización" y se busca cohesionar los “reynos desafectos” con postulados de ámbito nacional y carácter centralista. En noviembre de 1714 el Rey decreta que "se quiten en él todos los puertos secos de entre Castilla, Aragón y Valencia y Cataluña, y se estimen aquellos dos Reynos y Principado como provincias unidas a Castilla, corriendo el comercio entre todas ellas libre y sin impedimento alguno". La economía especialmente de Cataluña se beneficiará por ello, pero será en detrimento de su lengua, lo que se conllevó con naturalidad y provechoso sacrificio por los catalanes.

En Barcelona, la Audiencia establece su sede en el propio palacio de la Generalidad y se decreta que "las causas de la real Audiencia se sustanciarán en lengua castellana". Las autoridades militares reciben también órdenes de estimular la introducción del idioma castellano, pero de forma subrepticia: "pondrá el corregidor el mayor cuidado en introducir la lengua castellana, a cuyo fin dará las providencias más templadas y disimuladas para que se note el efecto, sin que se note el cuidado", se instruía en 1717. Las cinco universidades catalanas se centralizan en Cervera, ciudad distinguida por su fidelidad a la causa borbónica. Son políticas copiadas de las aplicadas por Luis XIV en la incorporación del Rosellón a Francia.

La lengua española, que desde el siglo XVI había relegado la lengua catalana a usos menos cultos y más domésticos, recibirá un nuevo impulso, por la rendición a ella de las élites funcionariales como hacía tiempo lo había hecho la clase más culta de la sociedad y la nobleza, para marcar distancias sociales con las clases populares. "Es la llengua castellana nostra llengua de cort, i per ço abandonem el català". La resistencia a la "castellanización" fué en cualquier caso menor en Cataluña y quedó prácticamente limitada a algunos párrocos de iglesia que seguían llevando sus registros en "la llengua pròpia de sa pàtria". Otros signos de protesta no pasaron de apologías sentimentales con escasa significación política.

No está fuera de lugar pensar que los Decretos de Nueva Planta, en lo referente a la cuestión lingüística de Cataluña, tuvieron un doble resultado. Por un lado, significaron el inicio de una persecución contra el catalán que los Austrias nunca necesitaron practicar, y por otro lado promovieron peligrosamente la creación de un mito simbólico de opresión centralista que los movimientos catalanistas del siglo XIX se encargarían de dar contenido político nacionalista. Los nacionalistas catalanes necesitan de los decretos de Nueva Planta, como los nacionalistas vascos del franquismo, para suscitar adhesión popular a sus tesis victimistas. El catalán había tenido una espléndida florescencia literaria hasta el siglo XV, pero enmudeció entonces como lengua de cultura, y mudo permaneció los siglos del Renacimiento, de la Reforma y de la Revolución, volviendo a renacer en el siglo XIX con lo que se llamó el “parlá munisipal”. 

Mientras ésto ocurría en los "reynos desafectos", las posibilidades de evolución de la lengua española es desde comienzos del siglo XVIII considerablemente menor. Por un lado, se siente ahora el peso irresistible de una sustanciosa acumulación literaria anterior, lo que limita en gran medida la elección libre y por ende la evolución. Por otro lado, la actitud razonadora de los hombres cultos de la época reclama la eliminación de casos dudosos y las novedades y vulgarismos tropiezan desde el siglo XVIII con la barrera de normas establecidas que son muy lentas en sus concesiones. No es que se detuviera - cosa imposible - la evolución del idioma, pero se hará ésta mucho más lenta y selectiva. Símbolo de esta postura es la fundación de la Real Academia Española en el año 1713. La mentalidad de la época, que ya anuncia la Ilustración, apoyaba la idea de cultivar una sola lengua y para cuidarla estaría la Academia. Su lema "limpia, fija y da esplendor" quedará desde entonces cumplido en cuanto a su labor de criba y regulación de la lengua.

La política de unificación lingüística culminará en la época de Carlos III (1716-1759-1788). En la cédula de abril de 1768 expresa su deseo de que cese en la Audiencia de Cataluña el estilo de poner en latín las sentencias, como había cesado en Castilla desde el tiempo de Fernando III el Santo (1199-1217-1252), y como se había desterrado de Aragón el lenguaje lemosín desde Fernando de Antequera (1379-1412-1416), con objeto de lograr una uniformidad en todo el Reyno. Similar preocupación cursó el Rey a los Ordinarios diocesanos para introducir en sus Curias, y asimismo a las Universidades, para conseguir "extender el idioma general de la Nación para su mayor armonía y enlace recíproco". Este rey ya habla de “uniformidad”, del “idioma general de la Nación”. Ha visto España desde Nápoles y no identifica “Castilla” con “España”. Evita el término “castellanizar”, algo que no ha hecho la reciente Constitución de 1978 al declarar oficial la lengua “castellana”, cuando quiso decir o debió haber dicho “española”.

 

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