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"Sutilezas de un enamorado"



cuarta historia del Heptamerón

por Margarita de Navarra


 

“En el ducado de Milán, por los años en que era gobernador el gran señor Chaumont, vivía un caballero llamado el señor de Bonnivet, que por sus merecimientos llegó más tarde a almirante de Francia; siendo muy apreciado en Milán, tanto por el gobernador como por todo el mundo, dadas las virtudes que se reunían en él, asistía gustoso a las fiestas en que se reunían las damas, de las que era el más apreciado, después del rey Francisco, tanto por su apostura, gracias y palabras como por la fama que todos le daban de ser uno de los más diestros guerreros de su tiempo.

Un día que vestido de máscara fue a un carnaval, se puso a bailar con una de las más distinguidas y hermosas damas de la ciudad y, cuando los oboes hacían una pausa, le dirigía endechas amorosas, cosa que sabía decir mejor que nadie. Pero ella, que no estaba obligada con él, en lugar de seguirle el juego quiso desviar la conversación, asegurándole que nunca amó ni amaría a otro hombre que no fuera su marido y que no debía esperar nada de ella. No se sintió desalentado el caballero con esta respuesta y la persiguió insistentemente todo el carnaval. A pesar de todo, la encontró firme en su propósito de no amar ni a él ni a otro, cosa que no pudo creer, vistas las pocas prendas de su marido y la gran belleza de ella. Y puesto que ella practicaba el disimulo, se decidió a usar él también el engaño, y desde aquel momento cesó en la persecución que le hacía y se informó tan bien de su vida que supo que amaba a un caballero muy prudente y honesto. El dicho señor de Bonnivet frecuentó poco a poco la amistad de este caballero, con tal suavidad y astucia que aquél no se percató del motivo y le profesó tal estima que, después de su dama, era la persona que más apreciaba del mundo. El señor de Bonnivet, para arrancarle su secreto del corazón, fingió confiarle el suyo, diciéndole que amaba a una dama que no podía imaginarse quién era, y rogándole le guardara el secreto y que ellos dos no fuesen más que un solo corazón y un solo pensamiento. El infeliz caballero, en prueba de estima recíproca, va y le confiesa de cabo a cabo sus relaciones con la dama de la que Bonnivet se quería vengar; y una vez al día, se reunían en cualquier lugar para darse cuenta juntamente de las aventuras que les habían ocurrido durante la jornada, cosa que uno decía con mentira y el otro con verdad. Y confesó el caballero haber amado durante tres años a esta dama sin haber conseguido nada de ella, a no ser buenas palabras y certeza de ser amado. El llamado Bonnivet le aconsejó por todos los medios a su alcance para que consiguiera su intento, con lo que al cabo de pocos días el caballero se encontró con que ella le concedió lo que le pedía, y no quedaba más que encontrar el medio, lo que en seguida fue hallado por consejo del señor Bonnivet. Y un día, antes de comer, le dijo el caballero:

- Señor, estoy más obligado con vos que con ningún hombre del mundo, ya que, a causa de vuestros buenos consejos, confío en tener esta noche lo que durante tantos años he deseado.

- Yo te ruego - le dijo Bonnivet - que me digas cómo piensas que se realice tu propósito, para que yo vea si hay engaño o riesgo y poder socorrerte y servirte como amigo.

El caballero le contó cómo ella tenía medio de hacer dejar abierta la gran puerta de la casa, bajo pretexto de cualquier enfermedad de alguno de sus hermanos, la cual requería en todo momento ir a la ciudad a preguntar por su estado, y así podría él entrar en el patio, pero guardándose bien de subir por la escalera y debiendo subir unos pocos escalones que había a mano derecha y entrar en la primera habitación que encontrara, donde se reunían todas las puertas de las habitaciones de su suegro y cuñado, y que eligiera con cuidado la tercera más cercana a los dichos escalones; y, si al empujarla la encontraba cerrada, que se fuera, pues era señal de que su marido había vuelto, lo que sin embargo, no debía hacer antes de dos horas; y, si la encontraba abierta, que entrara suavemente y la cerrara rápido con cerrojo, constándole que en la habitación estaría ella sola, y, sobre todo, que no olvidara mandar hacer unos zapatos de fieltro, por temor al ruido, y que se guardara mucho de llegar antes de pasadas dos horas de la medianoche, porque sus cuñados a quienes gustaba mucho el juego, no se iban nunca a acostar antes de la una de la madrugada. El citado Bonnivet le dijo:

- Ve, amigo, Dios te guía; te ruego que evites los inconvenientes y si mi amistad te sirve para algo, no ahorraré esfuerzos por cuanto esté en mi roano.

El caballero se lo agradeció mucho y le dijo que en este asunto no podía estar demasiado seguro, y se marchó para disponer las cosas. El señor Bonnivet, por su parte, no quedó inactivo; y viendo que era llegado el momento de vengarse de dama tan cruel, se retiró a su morada y se hizo cortar la barba de igual longitud y anchura que la del caballero; también se hizo cortar el pelo, a fin de que al tocarlo no se pudiera advertir la diferencia. No olvidó los zapatos de fieltro y el vestir ropas semejantes a las del caballero. Y, como era muy estimado por el suegro de esta dama, no tuvo temor de ir más temprano, pensando que si era apercibido iría en derechura a la habitación del buen hombre con el cual tenía algunos asuntos. Y, sobre la medianoche, entró en la casa de la dama, donde encontró bastantes gentes que iban y venían, mas pasó entre ellos sin ser reconocido y llegó a la galería y tocando las dos primeras puertas las encontró cerradas, que no así la tercera, a la que empujó suavemente. Y una vez estuvo dentro, la cerró con llave y tendiendo la vista en derredor vio la habitación vestida toda de lienzo blanco, incluido el techo y el suelo, y un lecho con telas muy finas, tan blanco como no era posible más; y la dama estaba sola en él, con su cofia y su camisa toda cubierta de perlas y pedrería, como pudo advertir mirando por una esquina de la cortina sin que ella lo viera, ya que había un gran cirio de cera blanca que volvía la habitación clara como en pleno día; y, por miedo a ser reconocido, extinguió primeramente el velón que ardía en la habitación y después se despojó de la camisa y fue a acostarse junto a ella. Esta, que esperaba que fuera aquel que durante tanto tiempo la había amado, lo recibió con las mejores caricias que pudo. Pero él, que sabía bien que estaban dedicadas a otro, se guardó mucho de decir una sola palabra y no pensó más que en llevar a cabo su venganza, que no era otra que arrebatarle su honor y su pudor sin poner de su parte agrado ni gracia. Pero contra su propósito y mal de su agrado, la dama se tenía por tan contenta con tal venganza, que pensó haberlo recompensado de sus afanes, hasta que una hora después de que sonara la medianoche llegó el momento de decir adiós. Y en aquel instante, y en el tono de voz más bajo que pudo, le preguntó si ella estaba tan contenta de él como él lo estaba de ella. Esta, creyendo que se trataba de su amigo, le dijo que no sólo estaba contenta, sino incluso maravillada de la profundidad de su amor, que lo había mantenido una hora sin hablar con ella. En aquel momento, él se puso a reír muy fuerte, diciendo:

- Ahora bien, señora, ¿me rechazáis otra vez, como habías acostumbrado hasta ahora?

La dama, que lo conoció por la voz y la risa, se sintió desesperada de vergüenza, llamándole mil y mil veces traidor, malvado y falso, queriendo arrojarse del lecho para buscar un cuchillo con el que matarse, vista su desgracia de que había perdido el honor por un hombre al que no amaba nada y que, para vengarse de ella, podía divulgar el asunto a todo el mundo. Pero él la retuvo entre sus brazos y, con buenas y dulces palabras, le aseguró amarla más que aquél a quien ella amaba y celar cuanto se refiriera a su honor de tal modo que ella no tendría tacha alguna nunca. Lo que la pobre tonta creyó, escuchando de sus labios la trama que había ingeniado y los trabajos que se había dado por conseguirla, asegurándole que la amaría mejor que el otro, que no había ocultado su secreto, y diciéndole que ya conocía franceses, que eran más prudentes, perseverantes y discretos que los italianos. Así fue, como en lo sucesivo, ella no compartió la opinión de sus compatriotas, para coincidir con la de él. Pero le rogó encarecidamente que durante algún tiempo no acudiera a las fiestas o lugares donde ella se encontrara, a no ser disfrazado, porque sentiría tal vergüenza que su aspecto lo diría a todo el mundo. Él se lo prometió y le rogó también que, cuando su amigo viniera a las dos de la madrugada, se mostrara cariñosa y luego, poco a poco, podría deshacerse de él; cosa que hizo con tanta dificultad que, a no ser por el amor que le profesaba, por nada se lo hubiera concedido. Sin embargo, al decirle adiós, la dejó tan satisfecha que bien hubiera deseado ella que permaneciera a su lado durante más tiempo. Después que él se levantó, volvió a ponerse sus vestidos, salió de la habitación y dejó la puerta entreabierta, tal como la encontrara. Y, como había estado casi dos horas a partir de la medianoche y temía encontrarse al caballero en su camino, se retiró a lo alto de los escalones, desde donde en seguida lo vio pasar y entrar en la habitación de la dama. y se fue a su morada a descansar de sus trabajos, como así hizo, de modo que las nueve de la mañana le dieron en la cama, y cuando se levantaba llegó el hidalgo, que no tardó en contarle su buena suerte, aunque no tan buena como había esperado; ya que, según dijo, al entrar en la cámara de la dama, la encontró levantada y envuelta en su bata de noche, con una gran fiebre, el pulso muy alterado, el rostro ardiendo y un sudor que comenzaba a brotarle por todo el cuerpo, de forma que ella le rogó se volviera en seguida, ya que, por miedo a los inconvenientes, no se había atrevido a llamar a sus doncellas; porque se encontraba tan mal que tenía mayor necesidad de pensar en la muerte que en el amor, y de oír hablar de Dios que de Cupido, y que se sentía muy pesarosa del riesgo en que él se colocara por su culpa, visto que ella no tenía poder para devolverle en este mundo lo que esperaba se lo concediera en seguida en el otro. Así que se sintió tan triste y asombrado que su ardor y alegría se convirtieron en hielo y tristeza, marchándose acto seguido. Y a la mañana, al despuntar el día, envió por noticias y supo que ella se encontraba verdaderamente muy mal. Y, al contar sus desventuras, lloraba tan intensamente que parecía que el alma se le iría por las lágrimas. Bonnivet, que tenía tantas ganas de reír como el otro de llorar, lo consoló lo mejor que supo, diciéndole que las cosas de larga duración tienen siempre un comienzo difícil y que el retraso de la satisfacción de su amor le haría encontrar más tarde un mejor goce; y en tales términos se separaron. La dama guardó cama algunos días; y, al recobrar la salud, dio permiso a su primer pretendiente, fundándolo en el temor que había temido de morir y en remordimientos de conciencia, y se decidió por el señor de Bonnivet, cuya amistad duró según costumbre, lo mismo que la belleza de las flores del campo.

* * *

- Me parece, señoras, que la hipocresía de esta dama bien se merecía la astucia del caballero, ya que después de fingirse mujer de bien, se declaró tan ligera.

- Diréis lo que os plazca de las mujeres - declaró Emarsuitte -, pero ese caballero hizo una mala pasada, porque, ¿cuándo se ha visto que si una dama amaba a alguien, otro podría conseguirla con artimañas?

- ¿Creéis - preguntó Guebron - que tales mercancías no se pueden poner en venta y que no son adquiridas por los mejores ofertantes y últimos postores? No penséis que aquellos que persiguen a las damas pasan demasiadas fatigas por conseguir su amor; no, no, que sólo tratan de conseguir su propio placer y satisfacerse a sí mismos.

- A fe mía que os creo - dijo Longarine -. Porque para deciros la verdad, todos los pretendientes que tuve comenzaron sus intentos interesándose por mí, demostrando desear mi vida, mi bien, mi honor; pero al fin fue por ellos, deseando su placer y su gloria. Lo mejor es despedirlos en la primera parte de su sermón, que cuando se llega a la segunda ya no hay tanto mérito en rehusarlos, dado que el vicio por sí mismo, cuando es conocido, debe ser rehusado.

- ¿Sería preciso, entonces - dijo Emarsuitteque -, desde que un hombre abre la boca, se le denegara todo sin saber lo que quiere decir?

Parlamente le respondió:

- Me parece que desde el principio una mujer no debe nunca dar la impresión de querer oír donde un hombre quiere llegar, ni siquiera de creerlo cuando le ha declarado su amor; pero cuando llega a jurarlo con insistencia, me parece más honesto por parte de las damas dejarlos en ese buen camino que llegar hasta el valle.

- Pero, veamos - exclamó Nomerfide - ¿debemos creer por esto que nos aman mal? ¿No es pecado juzgar al prójimo?

- Podéis creer lo que queráis - contestó doña Oisille - pero es tan preciso temer que sea verdad que, desde que percibáis una chispa, debéis huir de ese fuego, que ha quemado más de un corazón que no se apercibió.

- En verdad - dijo Hircanque - vuestras leyes son demasiado duras, y si las mujeres, a quienes la dulzura sienta tan bien, quisieran ser rigurosas como es vuestro parecer, también nosotros tornaríamos nuestras súplicas en astucias y presiones.

- Lo mejor que veo en todo esto - intervino Simontault - es que cada uno siga su natural; que ame mucho o no ame nada, lo demuestre sin disimulo.

- ¡Quiera Dios que esa regla entrañe tanto honor como dará placer! - exclamó Saffredant.

Dagoncin no se pudo reprimir de decir:

- Quienes prefieren morir antes que su pensamiento pueda ser conocido no se acomodan a vuestra ordenanza.

- ¿Morir? - dijo Hircan -. Aún está por nacer el caballero que por semejante cosa pública quisiera morir.