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21. Príncipe de Viana

1  un príncipe  “de artes, no de guerra” 2  un príncipe, de paciente a rebelde 3  un príncipe - rey de derecho - en las islas del Mediterráneo
4  rumbo al condado de Barcelona 5  don Carlos aclamado vuelve a prisión 6  muere don Carlos
7  los catalanes añoran a don Carlos y rechazan a don Juan 8  los catalanes en busca de un Señor 9  Castilla, Francia y Aragón deciden por Navarra



1 un príncipe “de artes, no de guerra”

Un año después de la boda de Blanca y Juan, nace el 29 de mayo de 1421 el primogénito Carlos en el monasterio dominico de los Frayles Predicadores de la villa de Peñafiel.

Cuando tiene dos años es trasladado a Navarra acompañado de su madre la reina viuda de Sicilia, Blanca, pasando a residir en los cercanos palacios de Tafalla y Olite, lugar donde nacen sus hermanas: Juana, que muere muy pronto (1423-1425) y las infantas Blanca (1424) y Leonor (1426). Tuvo como padrinos en su bautizo al rey Juan II de Castilla y al condestable don Álvaro de Luna. Su abuelo Carlos III el Noble quiso en vida ver reconocidos a su nieto los derechos al trono de Navarra por las Cortes reunidas en Olite el 11 de mayo de 1422.

“... recevir, jurar, a nuestro muy caro nieto
el infante don Carlos en heredero de nuestro regno,
desde agora pora empues dias,
et de la reina dona Blanca nuestra muy cara
e muy amada fija primogenita y heredera segun fuero...”

Carlos III instituye el Principado de Viana en favor de su nieto Carlos por Real Carta fechada en Tudela el 20 de enero de 1423. El ducado de Gandía lo recibirá de su padre don Juan a quien había sido cedido por su hermano el rey Alfonso V “el Magnánimo”.

El 8 agosto de 1428 las Cortes de Navarra convocadas por la reina Blanca I renuevan y revalidan el juramento de sucesión en el Reyno, hecho al príncipe de Viana como heredero del trono, en cuya posesión debería entrar después de la muerte de la Reina.

Casó el Príncipe Carlos el 30 de septiembre de 1439 en el Castillo de Olite con Inés (Agnès) de Clèves, hija del duque de Clèves y sobrina del duque de Borgoña Philippe III “le Bon” (1). Tenía entonces el Príncipe 18 años. Llegó Inés de Clèves por mar a Bilbao y salió a recibirla Juan de Beaumont, el Canciller del Reino. El Príncipe la recibió en el palacio de Estella. Poco más tarde fallecía su madre la reina Blanca en mayo de 1441 en Santa María de Nieva. Con tal motivo, don Carlos - con la venia paterna - pasó a gobernar Navarra.

A los nueve años de casados, el 6 de abril de 1448, moría Inés de Clèves “de penosa enfermedad” sin haber dado un heredero a don Carlos siendo enterrada en la Catedral de Pamplona. Don Carlos tenía 27 años cuando enviudó.

El Príncipe fue pródigo en amores, pero no volvió a casarse aunque hubo varios intentos de alianzas matrimoniales, entre ellas con la infanta Isabel, hermana consanguínea de Enrique IV de Castilla, la futura Isabel la Católica. Pero el rey viudo-consorte de Navarra, infante Juan de Aragón, no vió con buenos ojos aquél matrimonio que hubiera dado gran fuerza a don Carlos y procuró por todos los medios deshacer el compromiso tratando que casara con Catalina de Portugal, alianza que no era en cambio del agrado de Enrique IV de Castilla. Años más tarde Isabel casaría con Fernando, hermano consanguíneo de don Carlos, rey titular de Navarra.

Durante su vida don Carlos se vió envuelto en una serie de acontecimientos muy propios de aquellos tiempos, que han transmitido su nombre y su carácter magnificado en leyenda popular con que aún se le recuerda. Vivió la vida intensamente, en su mayor parte afrontando con dificultad y pesar las diferencias que tuvo con su padre. De carácter débil e irresoluto, conocedor del arte, culto y erudito, es el príncipe que vive ya el Renacimiento que anunciaba la corte de su abuelo Carlos III en Olite. El Príncipe fue bondadoso y sensual, liberal dentro de la concepción cristiana que profesaba, de gran dulzura y simpatía, amigo de la meditación, de la ilustración y de la cultura en sus más nobles manifestaciones. Fue también un inspirado poeta llegando a componer delicadas trovas. Poseyó una notable biblioteca en la que figuraban libros de teología, historia y literatura, casi todos escritos en latín y francés, citándose solamente uno en un romance español. Hasta el siglo XVI, el vascuence no había empezado a transmitir cultura escrita. Qué duda cabe que el Príncipe se hubiera interesado en escritos vascuences de haber éstos existido, ya que fue un habla solamente de uso común rural y familiar, en una parte importante de Navarra.

Tradujo las “Éticas” de Aristóteles comentadas - que se publican en Zaragoza en 1502 -, la “Condición de la Nobleza” de Angelo Milán. Y como creación propia y original escribió la “Crónica de los Reyes de Navarra”, “Milagros de San Miguel Celso”, “Cartas a requestas poéticas” y algunos ensayos de oratoria, entre los que sobresale su “Lamentacion” a la muerte de Alfonso, su tío el rey aragonés. Escribió asímismo la “Epístola a los valientes letrados de España” y numerosas poesías en romance propio y catalán, que solía entonar acompañándose de la vihuela.

Su educación fué esmerada como correspondía a un gentilhombre y futuro rey. En Olite, su abuelo Carlos III el Noble se preocupó por él cuando era niño, así como su madre Blanca. Se conoce históricamente el nombre de una nodriza que tuvo, la señora de Pedro Gorría. El ambiente tranquilo en que se educó entre ejercicios físicos (remo, caza, viajes a caballo), estudios literarios y cuidados de su madre, hicieron de él un joven tranquilo y amante de la paz. Fué aficionado a los animales, con los que llegó a formar un parque zoológico en Olite donde había camellos y leones.

Habló correctamente cinco lenguas. Fué especialmente aficionado a la música que componía él mismo tocando, entre otros instrumentos, la vihuela y el arpa, aprendiendo también a danzar. Era frugal en sus comidas, le gustaba vestir bien, montaba muy bien a caballo y tenía dos lebreles favoritos. Era también amante de la pintura y él mismo gustaba pintar.

Su vida fué tranquila hasta que la política paterna y la muerte en 1441 de su madre la reina Blanca le lanzaron a la vida de intrigas y guerras civiles. Hasta entonces todo habían sido ejercicios, caza, estudios, fiestas, lecturas, música, excursiones y viajes.

En su escudo de armas traía por divisa dos lebreles que reñían entre sí por un hueso, lo que representaba la porfía que los reyes de Francia y de Castilla tenían por el Reino de Navarra. Una leyenda escrita en su escudo junto a los dos perros lo confirma:

utrinque roditur”

( por todas partes me roen)

 

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2 un príncipe, de paciente a rebelde

En una sección anterior, al exponer los “desaires legitimistas” en el siglo XV, se había comenzado a narrar el comienzo de las diferencias entre don Juan y su hijo el Príncipe, lo que retomamos aquí.

Desde el año 1439 en que casa el Príncipe, su padre el rey don Juan consiente en darle poderes de gobierno. Cuando su hermana la infanta Blanca casa en 1441 con el príncipe de Asturias, los Reyes de Navarra se desplazan a Castilla y el Príncipe queda a gobernar Navarra. Titulábase entonces:

“Carlos por la gracia de Dios príncipe de Viana,
primogénito heredero é lugartenient por el seinor rey
mi muy redubtable padre é seinor en Navarra é duque de Gandía” 

en cuyo título no se menciona que la reina natural era su madre Blanca, siendo su padre solamente rey consorte, prueba quizá de la debilidad en que el Príncipe tenía a la Reina y la preeminencia del poder político que otorgaba a su padre don Juan.

 Fallecida la reina en 1441, en las Cortes que se tienen en Olite el 14 de diciembre de 1442 el príncipe Carlos - entonces rey de derecho - había ya protestado contra el uso indebido que su padre estaba haciendo de los derechos sucesorios. Pero fue a raíz del compromiso del segundo casamiento de don Juan en 1444 con Juana Enríquez y la posterior boda en 1447, cuando el descontento del Príncipe y de una parte de la nobleza navarra fué notorio, ya que don Juan continuó obligando al Príncipe a gobernar el reino en su nombre.

A partir de noviembre de 1450 - probablemente no antes - es cuando comienzan a verse algunas muestras de descontento de los nobles navarros. El 28 de noviembre, don Juan secuestra los bienes de Luis II de Beaumont y de otros nobles navarros que habían dado señales de ser “inobedientes”. Y en 1451, cuando don Juan envía a Martín de Ahaxe con 30 hombres para poner sitio a San Juan de Pié de Puerto para recuperarlo del señor Jean I de Luxe que se había rebelado en favor de don Carlos. Decía entonces don Juan:

“Mosen Joan seinor de Luxa,
fallesciéndonos de la sujeción natural et fidelidat en que á Nos es tenido,
et encorriendo en mal caso, et en el caso de lesa majestat,
furtiblemente nos furtó et tomó el nuestro castieillo et villa de San Joan de Pie del Puerto,
et robó á los vecinos de todos sus bienes,
et los sacó et fuera echó daqueilla, et de sus casas” 

A pesar de la rendición de don Carlos en 1451, San Juan de Pié de Puerto persistía en su rebeldía y no sería ocupado por los agramonteses - fieles a don Juan - hasta el 2 de enero del año 1452 con ayuda del yerno de don Juan, el conde Gaston IV de Foix-Grailly. El propio don Juan acudió desde Sangüesa por el valle del Roncal, al final del asedio.

 El 27 de marzo de 1451 don Juan dice en Briones que su hijo Carlos y los que estaban en su compañía habían vuelto a su obediencia y que las fortalezas que le habían arrebatado debían serle devueltas. Pero poco después, en el mes de mayo, don Juan decía en Tafalla que le habían avisado que el rey de Castilla y su hijo Carlos se habían aliado para hacerle la guerra. En efecto, don Carlos cuenta desde ese año con tropas castellanas a su servicio. En agosto avisan los de Tudela al rey viudo-consorte don Juan que las tropas de Castilla han entrado ya en Navarra “por entre Tudela y Zaragoza”.

Los castellanos de don Álvaro de Luna, hartos de la constante injerencia aragonesa en Castilla, habían ofrecido a don Carlos expulsar de Navarra a su padre. Las tropas del rey Juan II de Castilla estuvieron a punto de tomar Estella y tras el tratado de Puente de la Reina de 7 septiembre de 1451 - firmado por don Carlos en Estella y por Juan II de Castilla en Puente la Reina - los castellanos abandonan Navarra y es entonces definitiva la ruptura entre padre e hijo. Don Juan busca entenderse con el príncipe de Asturias don Enrique, heredero de Juan II de Castilla. Todo ello acabó provocando una guerra entre los nobles navarros partidarios del rey de derecho don Carlos - los beamonteses - y los partidarios de don Juan - los agramonteses -, dos bandos que se odiaban. Luchan continuamente y se instalará en Navarra un conflicto dinástico y civil interminable que desgastará el Reyno, hasta perder su independencia política en 1512.

Queriendo sostener su autoridad, don Juan ordena a su mujer Juana Enríquez desplazarse a Navarra para compartir el gobierno con su hijo Carlos. Esta humillación será el detonante que levante a los beamonteses contra don Juan. Juana Enríquez era mujer de carácter fuerte, decidido, que hubo de granjearle al poco tiempo las antipatías, más tarde odio, de los beamonteses. Los partidarios de don Carlos advierten a éste que había llegado el momento de no consentir una transgresión tan manifiesta de las leyes del Reyno y tan injuriosa a sus derechos hereditarios, protestando que si él no los defendía, ellos - los beamonteses - tomarían las armas. Don Carlos se vió obligado a escribir una carta a su padre en la que le decía que si hasta entonces había sacrificado sus derechos en obsequio del amor y de la reverencia filial, ya no le parecía poder hacer el mismo sacrificio por la ambición de una madrastra. Los beamonteses no tardaron en tomar por las armas Olite, Tafalla, Aibar y Pamplona.

Al inicio de las hostilidades, los beamonteses cercan a Juana Enríquez en Estella, situación que duró poco tiempo. El ejército de don Juan con sus leales agramonteses ponen sitio a Aibar, acudiendo allí don Carlos en socorro de la villa que estaba entonces a su obediencia. Allí es derrotado en la dura batalla que enfrentó a ambos ejércitos el 23 de octubre de 1451. Don Carlos fue retenido en el palacio de Tafalla en calidad de prisionero (2) juntamente con el condestable Luis II de Beaumont, los hijos de éste y otros beamonteses. Después es trasladado a Tudela, Mallén y Monterrey (Monroy) - en cuyo castillo firmó don Carlos las claúsulas de la concordia -, posteriormente a Zaragoza, lugar donde permaneció confinado durante 20 meses hasta el mes de julio de 1453. En la prisión de Monroy comenzaría a escribir su “Crónica de los reyes de Navarra”.

Estando Carlos en prisión, nace el 10 de marzo de 1452 en la villa de Sos, en Aragón, el futuro rey Fernando el Católico, hijo del segundo matrimonio del rey-viudo consorte de Navarra don Juan y de Juana Enríquez (3).

En esta primera revuelta armada contra su padre, don Carlos había sido apoyado por los beamonteses y los castellanos. Tras ser tomado prisionero, los beamonteses, que se habían apoderado de Pamplona, se niegan a obedecer la orden de su rey Carlos de deponer las armas contra su padre. Don Juan se quejaba de ésto en noviembre de 1451:

“... fuemos vencedor,
et el dicto principe nuestro fijo es en nuestro poder, et en nuestra obediencia;
et aunque éste les habia mandado á la dicta ciudat (Pamplona), é fortaleza rebelladas,
volviesen á nuestra obedicencia non lo habian querido facer;
por lo que habia deliberado ir con la mayor gente que podiese,
et, si no se rendian,
facerles guerra cruel á fuego et á sangre”.

Después de la batalla de Aibar el caos reina en Navarra. Una guerra civil en la que agramonteses y beamonteses se entregan a robos y asesinatos entre ellos, viéndose los pueblos y villas obligados a tomar partido por unos o por otros, de modo que ningún rincón del Reyno pudo estar en paz. Durante la prisión de don Carlos puede decirse que hubo dos gobiernos en Navarra y ésto continuó así durante prácticamente todo el siglo XV.

 Finalmente, en el mes de mayo de 1452 Luis II de Beaumont, acepta la solicitud de las Cortes de Aragón para que “ciertas personas notables de Pamplona” vinieran a Zaragoza a tratar de la concordia del "Rey con el Príncipe". Pero la negociación se va a demorar y don Carlos seguirá cautivo. Es posible que los acontecimientos que se están viviendo entonces en Castilla - muy favorables para don Juan - hubieran influído para que éste considerara seriamente la liberación de su hijo, tras casi dos años cautivo.

Su gran enemigo, el valido del rey castellano, don Álvaro de Luna, tenía ahora los días contados. El Príncipe de Asturias con el marqués de Villena habían estado tomando cada vez más protagonismo en Castilla, ora acercándose al rey castellano cuando era conveniente, ora a la nobleza castellana, o a don Juan en Navarra y los “aragoneses”, o a la corona misma de Portugal. Don Álvaro cuenta ya poco en estas intrigas y es ahora considerado un usurpador, está en declive. Pocos discuten ya el derecho del príncipe Enrique a reclamar para sí el gobierno de Castilla. Su valido el marqués de Villena es muy hábil. El rey Juan II de Castilla ya no podrá evitar la presión que se le hace para ordenar la captura y procesamiento de don Álvaro. La nueva reina Isabel de Portugal presiona y conspira para que su esposo Juan II de Castilla sacrifique a su valido. Finalmente, el Rey ordena a Álvaro de Stúñiga prender a su Condestable pero avisa primero a éste para que se disfrace y huya. Don Álvaro resiste en su casa tres horas y finalmente rinde su espada a Stúñiga el 2 de abril de 1453.

Sin duda don Juan estaría eufórico con esta noticia y probablemente querría poner paz rápidamente en Navarra con su hijo Carlos para poder ocuparse a fondo de los asuntos castellanos, ahora que su gran enemigo don Álvaro había sido apartado del Rey y encontrándose nada menos que en prisión. A estos aconteceres en Castilla se unía en el tiempo el hecho de que el 11 de mayo de 1453 el Príncipe de Asturias - el futuro Enrique IV - había repudiado a su esposa la infanta Blanca de Navarra, obteniendo el divorcio el 27 de julio, lo que era claro indicio del alejamiento en que se encontraban entonces las casas de Castilla y de Navarra-Aragón (4).

Un mes después de que don Álvaro de Luna hubiera rendido su espada, el 1 de mayo de 1453, se llega a acuerdos en Zaragoza para lograr la libertad de don Carlos (5). Se acuerda que un tratado de paz debería firmarse en un plazo de no más de 60 días. Quedan para ésto como rehenes el Adelantado Mayor de Castilla (Fernando de Rojas), el Condestable de Navarra Luis II de Beaumont con dos de sus hijos Luis y Carlos, Carlos de Cortes y cinco caballeros navarros más del bando beamontés. También se entregan los castillos de Artajona, el Pueyo y Dicastillo. De no llegarse a la paz en 60 días, don Carlos volvería a prisión y los rehenes serían liberados, pudiendo don Juan disponer de ellos a su libre arbitrio, así como los castillos de las tres villas citadas.

La euforia de don Juan probablemente continúa. Tras dos meses de dudas y vacilaciones, Juan II de Castilla firma la sentencia de muerte de su valido don Álvaro. Fue decapitado por orden del rey en el cadalso (6) en la plaza de Valladolid el 3 de junio de 1453 quedando sus bienes confiscados (7). Quizá por esta euforia y a pesar de que no se llegó a un acuerdo definitivo, don Carlos fue trasladado de la prisión de Monroy a la Aljafería de Zaragoza, haciendo don Juan entrega de su hijo al Consejo de los Cuarenta en la sala de Cortes.

El 12 de julio de 1453 es puesto en libertad, trasladándose don Carlos a Pamplona.

Con su puesta en libertad, no viene sin embargo la concordia y nadie cumple los acuerdos suscritos en la liberación de don Carlos. Por ello los rehenes seguían todavía en el año 1459 sin haber sido liberados de su compromiso de garantía. Don Carlos gobernaba desde Pamplona en un gobierno paralelo. Es el tiempo en que Enrique IV ha conseguido el 11 de mayo de 1453 anular su matrimonio con la infanta Blanca de Navarra que viene a Pamplona a encontrarse con su hermano Carlos tras la liberación de éste en el mes de julio.

El 7 de diciembre se acuerda una tregua por un año entre Castilla, Navarra y Aragón y entre don Juan y su hijo Carlos - tregua que confirmará Alfonso V el Magnánimo el 16 de marzo de 1454 - prorrogándose ésta hasta agosto de 1455. Dos días después de esta confirmación, el 18 de marzo de 1454, don Carlos se dirige a la frontera para encontrarse con su primo Enrique, el príncipe de Asturias.

El rey de Castilla Juan II muere poco después, el 23 de junio de 1454, antes de expirar la tregua de diciembre de 1453. Enrique IV, de 24 años de edad, es proclamado rey en el monasterio de San Pablo de Valladolid el mismo día de la muerte de su padre Juan II.

El 8 de septiembre de 1454 se firma en Ágreda (Soria) un tratado de paz entre Castilla y Aragón. Por él renunciaba don Juan a su herencia castellana a cambio de una subvención anual de cuatro millones de maravedises. Medina del Campo, Olmedo, Roa, Cuéllar y Aranda pasan a manos del rey de Castilla. Peñafiel, donde había nacido el príncipe Carlos de Viana, pasa a manos del castellano Pedro Girón. Alfonso de Aragón, hijo en bastardía de don Juan, renuncia a la dignidad de Maestre de Calatrava pero a cambio recibe una importante pensión vitalicia.

Poco después, el 21 de septiembre de 1454, Alfonso de Aragón hacía treguas por 20 días en Estella con su medio hermano don Carlos. También firmaron por don Juan Mosén Pierres de Peralta y Mosén Juan Martínez de Artieda.

Pero don Juan tiene noticias fidedignas sobre nuevas preparaciones de guerra de los beamonteses. En efecto, ocurren numerosas batallas distinguiéndose el canciller del reino y merino de Tudela, Mosén Pierres de Peralta, el obispo de Pamplona Martín de Peralta y el mariscal Pedro de Navarra que habían reconquistado para don Juan numerosas plazas como Valtierra, Cadreita, Mélida, Santa Cara y Rada, quedando esta última arrasada en 1455 como la encontramos hoy en día. El 27 de marzo de 1455 los beamonteses toman de nuevo (anteriormente lo había sido en 1450) San Juan de Pié de Puerto.

En Estella se enfrentan decisivamente los dos ejércitos, quedando derrotada la causa de don Carlos que se refugia en Pamplona. Pero los beamonteses no se someten y no cejan en su empeño legitimista.

A la vista de los acontecimientos, don Juan toma decisiones drásticas sobre las que en realidad no tiene competencias ya que se mantiene en el trono ilegítimamente. A principios de diciembre de 1455 rubrica la Concordia de Tafalla” en la que, todavía privadamente sin trascendencia institucional, reconoce a a su hija Leonor por heredera del trono navarro. En esta maniobra política - que probablemente buscaba asustar a su hijo y a sus fieles beamonteses - don Juan acordó con su yerno Gaston de Foix que le ayudara en la guerra contra su hijo Carlos. El conde tomó inmediatamente la zona de Ultrapuertos y entró con su ejército por Roncesvalles dirigiéndose hacia la zona de Lumbier, en donde había convenido encontrar a su suegro don Juan que también había hecho campaña guerrera por la zona de Sangüesa.

Aislado así Carlos de su hermana Leonor - aunque no así de su hermana la infanta Blanca que le sostiene - sufre de apesumbramientos, aunque los beamonteses no pierden su espíritu legitimista que les ha animado hasta entonces y no tardarán en reaccionar. Don Carlos, cansado de luchas armadas que no van con su carácter, decide solucionar la discordia por vía diplomática.

Marcha a París y luego al reino peninsular de Sicilia - Nápoles - vía Roma, dirigiéndose a la corte de su tío Alfonso V el Magnánimo. En París estuvo en 1456 con el rey victorioso de la guerra de los Cien Años Charles VII a quien trató de convencer de mantener su alianza con Castilla y no cambiarla por acercarse a Aragón, su enemigo en Italia. También pidió al rey francés la restitución de Nemours que por razón de las guerras con los ingleses había sido tomada por Francia. En Roma fue recibido por el pontífice Calixto III - el primer papa Borgia, de ascendencia aragonesa y valenciana, elegido en 1455 - quien prefirió desentenderse y no le otorgó amparo.

 

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3 un príncipe - rey de derecho - en las islas del Mediteráneo

3.1 don Carlos en Nápoles
3.2 don Carlos en la Sicilia insular
3.3 don Carlos en Mallorca


Don Carlos había abandonado el Reyno de Navarra decepcionado por haber tenido que pelear en una lucha armada que no se acomodaba a su carácter. Los beamonteses no cejaban sin embargo en su lucha pero habían quedado abatidos por la decisión de su rey de marchar de Navarra, a donde ya nunca volvería.

 

3.1 don Carlos en Nápoles

 

El 12 de abril de 1456 ya se encuentra don Carlos en la corte de su tío el rey Alfonso V el Magnánimo en Nápoles, donde es recibido cariñosamente y donde va a encontrar amparo y protección. Don Alfonso escribe entonces a su hermano Juan para comunicarle que deseaba arbitrar en la querella con su hijo Carlos.

Muy poco después, el 27 de abril, llega a Tudela Rodrigo Vidal, caballero de la Casa del Rey en Nápoles, enviado para componer la discordia entre don Carlos y su padre. Vidal encuentra en Tudela a don Juan tan irritado contra su hijo que no logra nada positivo. Don Juan estaba decidido a llevar a efecto el deheredamiento de su hijo y de su hermana la infanta Blanca que lo había sostenido, poniendo en su lugar por herederos a los condes de Foix. Esto disgustó a Alfonso V y el 26 de junio de 1456 declara desde Nápoles a don Carlos heredero y sucesor después de su padre en los reinos de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, Sicilia insular y Principado de Cataluña. Había reservado el reino de Sicilia peninsular (Nápoles) para su hijo natural Fernando (Ferrando, Ferrante), duque de Calabria. Carlos se encontraba entonces con su tío el rey Alfonso en Nápoles.

Don Juan está probablemente indignado con la reunión de las Cortes beamontesas que Juan de Beaumont - Prior de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén y Canciller y Capitán General en nombre de don Carlos - convoca en Pamplona a celebrarse el 16 de marzo de 1457. En ellas se proclamará a don Carlos por rey aunque éste parece haber dado por perdida su causa y desaprueba esta proclamación para no enfadar a su padre. Antes de esas Cortes, Juan de Beaumont se titulaba “gobernador general del Reino por el Príncipe de Viana”, pero en el mes de julio ya se titula: “gobernador general del Reino por el señor D. Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Navarra”. Por el lado de don Juan la gobernadora era entonces su hija la infanta Leonor que por aquellos tiempos luchaba para no perder su ojo derecho a resultas de un accidente (8).

Don Juan estaba decidido desde al menos 1455 a apartar a su hijo Carlos de la sucesión al trono. El 3 de diciembre de 1457 se decide en Barcelona la “infame confederación y alianza” entre Juan II y su hija la infanta Leonor, con su marido Gaston de Foix. Don Juan prometía entregar a su yerno, para después de sus días, el Reyno de Navarra y el Ducado de Nemours para él y sus descendientes. Si para el siguiente enero de 1458, sus hijos Carlos y Blanca no se sometían a su autoridad sin condiciones, se pronunciaría oficialmente el desheredamiento de ambos y el reconocimiento de los condes de Foix como sucesores en el trono de Navarra. Los beamonteses lo sabían desde 1455 y alegaban que don Juan se había confederado con su yerno el conde de Foix a fin de acabar con su rey Carlos y su partido.

En las Cortes agramontesas tenidas en Estella el 12 de enero de 1458, se llevaban a efecto los deheredamientos anunciados por don Juan el año anterior en Barcelona, declarando por heredera a la infanta Leonor y a su marido el conde de Foix que sin dilación pasan a titularse Príncipes de Viana.

La embajada de Rodrigo Vidal en abril de 1456 no había sido un fracaso total pues don Juan no había osado contradecir a su hermano el Rey desheredando a su hijo Carlos en los reinos de la Corona de Aragón, habiéndose limitado a hacerlo solamente respecto al Reyno de Navarra. No obstante ello, el rey Alfonso V no cejaba en su empeño de arbitrar en el conflicto familiar y conseguir la concordia entre su hermano Juan y su sobrino Carlos. Envía de nuevo otra embajada compuesta de hombres de gran autoridad - Luis Dezpuch, maestre de Montesa y Juan de Hijar - que consiguen de don Juan una tregua de seis meses para que el rey Alfonso V pudiera conseguir un compromiso.

La muerte del rey Alfonso V impidió llevar ésto a efecto.

 

Alfonso V el Magnánimo

 

El 27 de junio de 1458 muere en Nápoles, sin descendencia, el gran rey Alfonso V el Magnánimo. Su hijo natural, Ferrando, duque de Calabria (9), ciñe entonces la corona de Nápoles cuyo trono había ocupado su padre desde la conquista de 1442. Muchas ciudades y grandes señores de Nápoles invitaron no obstante a don Carlos a reclamar el trono de Nápoles por su mejor derecho ante una situación de bastardía, pero desechó la proposición e hizo planes para salir de Nápoles.

El rey viudo-consorte de Navarra don Juan es ahora también el rey propietario Juan II de Aragón. Heredará los demás reinos de la Corona de Aragón y los condados del Principado catalán. Don Juan conoció la muerte de su hermano Alfonso encontrándose en Tudela el 15 de julio de 1458 y adoptó de inmediato el título de Rey de Aragón y de Navarra. Diez días después acudió a Sangüesa a jurar los fueros de Aragón.

Si la muerte de Alfonso V convertía a Juan II en rey de Aragón también hacía a don Carlos heredero de todas las coronas de su padre. Ya era rey de derecho de Navarra desde la muerte de su madre la reina Blanca I en 1441, y añadía ahora ser primogénito de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña y Sicilia y gobernador general de Cataluña, pues una antigua costumbre daba al heredero del trono la administración del Principado más importante del Mediterráneo.

Con el fallecimiento del rey Alfonso había concluído el corto período de paz y tranquilidad que había disfrutado don Carlos. El Magnánimo había oficiado de protector y de mediador entre él y su padre, pero ahora había fallecido. Navarra dejaría desde este momento de ser el único objeto de las preocupaciones de don Carlos, cuya atención se volvió primero y preferentemente hacia Cataluña.

Si Juan II nunca había permitido a su hijo ostentar el título de Rey de Navarra y ni siquiera le permitió el libre gobierno de su Reyno, ¿se mostraría ahora dispuesto a reconocerle su derecho hereditario a la sucesión de Aragón?. Los hechos demostrarán que don Juan, muerto su hermano el rey Alfonso V, radicaliza su postura contra su hijo. Persistió en todos los sentimientos de hostilidad que sentía hacia hacia él y nunca tuvo intención de reconocerle sus derechos hereditarios.

De inmediato nombra a su hija la infanta Leonor gobernadora del Reyno de Navarra, autoridad que de hecho ya ejercía como lugarteniente. De donde puede deducirse que el amparo que don Alfonso había brindado a don Carlos fue efectivo ya que, desde que éste desaparece, don Juan radicaliza su postura al no tener por encima un rey aragonés a quien temer.

Habían pasado solamente dos semanas desde la muerte el 27 de junio de 1458 de su tío el rey Alfonso cuando Carlos decide embarcarse para alejarse de Nápoles.


3.2 don Carlos en la Sicilia insular


El 15 de julio don Carlos pasa a la isla de Sicilia, en donde permanecerá por espacio de un año. Allí es recibido con grandes demostraciones de alegría. Los sicilianos aún conservaban el recuerdo de su madre la reina Blanca, la que quedó viuda en 1409 de su rey Martín “el Joven” hacía ya casi 50 años. Le prodigaron señales de fidelidad que inmediatamente preocuparon a su padre don Juan desde que llegó a su conocimiento.

Ante la irremediable pérdida de su tío don Alfonso, Carlos se ocupó de inmediato de elegir nuevos árbitros para enderezar el disenso con su padre. Decidió confiar su causa a las autoridades catalanas y les escribió una larga carta a este propósito.

Se intitulaba en la carta:

“ el primogénito de Aragón, de Navarra y de Sicilia, príncipe de Viana ”

Si escogía a los catalanes como jueces era porque conocía:

“la gran virtud y lealtad que los habitantes del Principado
siempre habían mostrado en tiempos antiguos,
cuando disensos similares se alzaban entre los reyes y sus primogénitos


Pedía a los catalanes:

“que no dejasen de intervenir ni de llevar adelante este asunto,
en su nombre como en el de ellos,
y si el señor rey u otros
les daban a entender que el arbitraje se había confiado a petición suya a otras personas”(...)

 

les exhortaba a no creer nada de ello ya que por muchas buenas razones que no creía necesario desarrollar, prefería dirigirse a ellos y no a otros. Les enviaba para entenderse con ellos a sus consejeros Juan de Monreal, tesorero de Navarra, y Pedro de Urrutia, juez de la Corte de Justicia.

Económicamente, Carlos no estaba sobrado de recursos. Alfonso V había legado a sus sobrinos una renta de 12.000 ducados que su primo el nuevo rey Ferrando le pagó durante varios años. Los sicilianos también se mostraban generosos. La ciudad de Messina “viendo la gran necesidad que tenía” contribuyó a sus gastos de boca y mantenimiento. Los estados de Sicilia reunidos en Castrogiovanni le votaron un dono de 25.000 florines y obtuvo también algunos créditos. Se le ve tomar prestado 100 onzas a uno, 10 onzas a otro, 100 ducados a Francisco de Riso, burgués de Nápoles, y otras sumas a Francisco Zaco y Federico de Spata.

Durante su estancia en Sicilia vivió sobre todo en Messina y Palermo, aunque residió también algún tiempo en Castrogiovanni y Caltagirone, en el centro de la isla, y también en Lentini, cerca de la costa oriental. Viajó de Palermo a Messina por mar ya que le cansaban los viajes por tierra. En sus viajes por el interior del país se servía de una litera de madera. En Messina, pasaba la mayor parte de su tiempo en el cercano Convento de los Benedictinos donde retomó sus estudios y sus trabajos literarios, escribiendo, traduciendo y haciendo versos. Cultivó allí el estudio de tratados filosóficos, literarios e históricos. Fue amigo de los literatos y poetas de su tiempo, en especial del valenciano Ausiàs March (1397-1459) (10). Encantó a los monjes por su gracia, su modestia, su ciencia y su libertad. Cien años más tarde, los benedictinos de Messina contaban aún a Zurita anécdotas relativas a la estancia de don Carlos en su convento. El entusiasmo que inspiraba llegó a tanto que le consideraron desde entonces un santo, lo que no le impedía repartir sus ocios entre los monjes benedictinos de la “Badiazza” y una hermosa hija de Sicilia llamada Margarita Capa de extraordinaria belleza. Tuvo con ella un hijo al que don Carlos reconoció y llamó Juan Alonso de Navarra y Aragón que llegó a ser abad de San Juan de la Peña y obispo de Huesca.

Quiso en Sicilia volver a su vida principesca. Los registros de su cancillería privada se llenan con documentos de nombramientos de oficiales de su hostal. Estos documentos, generalmente redactados en latín, lo están en términos tan solemnes que harían pensar que don Carlos lo tomaba en serio. En nueve meses, no hay menos de cuarenta y cinco nombramientos de este tipo, incluyendo funcionarios de todo nivel y grado. Cuenta en Sicilia con:

    • canciller y un vicecanciller
    • dos consejeros privados
    • consejero de cuentas
    • seis capellanes
    • tres mayordomos
    • cuatro chambelanes
    • dos médicos y tres boticarios
    • escudero de panadería
    • escudero trinchante
    • botillero
    • gran escudero
    • dos escuderos cabalgadores
    • palafreneros
    • superintendente de las bestias de carga
    • superintendente de los caballos, los arneses y las armas
    • halconero que recibía consejos del poeta Ausiàs March
    • gran armero
    • guardián de la cámara de las armas
    • ballestero.

La policía de su hostal corresponde a un preboste y dos alguaciles. Sus libros se confían a un guardián de los libros y a un bibliotecario. No hay que ver realmente en estos cargos más que títulos de honor concedidos a servidores fieles o a personas devotas que don Carlos no habría podido recompensar de otra manera. Cuando nombra dos pintores en su hostal, en realidad no les confiere más que una distinción honorífica.

En el año 1458 era viudo desde hacía nueve años y no tenía concretado ningún proyecto de matrimonio. No obstante, nombró un controlador de los bienes de la futura Reina. Todos estos oficiales honorarios se sentían vinculados más estrechamente a don Carlos y formaban en torno a él una corte improvisada que le daba ilusión de poder.

No tenía título oficial en Sicilia. La isla estaba gobernada en nombre del rey Juan II de Aragón por don Lope Ximenis de Urrea que llevaba el título de Virrey y era hermano del arzobispo de Tarragona. Las relaciones de Carlos con el Virrey parecen haber sido cordiales aunque siempre había aspirado a llevar él mismo el título de Virrey de Sicilia como lo había hecho su padre don Juan en los años 1415 y 1416, cuando su madre la reina viuda doña Blanca terminó su regencia y volvió a Navarra.

Interviene en ocasiones a título de primogénito de Aragón y de Sicilia en el gobierno de la propia isla. Por ejemplo el 7 de noviembre de 1458 ruega al Virrey que envíe cuanto antes a Messina los troqueles necesarios para batir moneda. El 21 de noviembre apoya a los vecinos de Caltagirone que no habían elegido magistrados municipales en dos años. El 22 de noviembre don Carlos apoya ante el Virrey a los vecinos de Catania que se quejaban del barón Juan de Tarento, señor de su tierra. En todos estos casos, no interviene más que como abogado o componedor de las partes que se dirigen a él. Usa su legítima influencia ante el Virrey que sigue siendo libre de tomar sus decisiones. En Palermo recibe el homenaje de la isla en nombre del Rey. Cuando algunos vecinos de Palermo quieren proclamarle rey de Sicilia, don Carlos hace como que los arresta, les reprocha su rebelión y luego los deja ir. Hace así uso de un derecho político propiamente regio y de las prerrogativas judiciales de un verdadero soberano. Expide los salvoconductos de sus oficiales que viajan por mar, hace poner en libertad a un marino genovés que Pedro de Bolea había arrestado aunque era portador de un salvoconducto del Rey y reprocha a Pedro de Bolea su insolencia y su presunción.

Don Carlos tenía tal confianza en su futuro regio que escribía directamente a su padre e incluso le proponía proyectos legislativos novedosos. Le pedía por ejemplo que se instituyese un cónsul catalán en Alejandría para que los mercaderes españoles no estuviesen sometidos a la autoridad del cónsul florentino y tuviesen también su barrio franco y sus almacenes. Juan II debía de irritarse al ver a su hijo ocupándose de asuntos de gobierno. Cuanto más popular se hacía don Carlos en Sicilia menos dispuesto se sentía Juan II a trabajar con él y concebía planes para sacarlo de la isla.

Sin embargo las cosas no iban bien para don Carlos en Navarra, que parecía tener un tanto olvidada. Habían transcurrido poco más de dos meses desde la muerte de Alfonso V, cuando el 18 de septiembre renueva don Juan su alianza con su hija Leonor y su yerno el conde de Foix, lo que confirmaba su determinación a impedir reinar a su hijo Carlos en Navarra. De idéntica forma, don Juan - y en ello la reina Juana Enríquez sería determinante - estaba dando pruebas claras de su intención de legar el reino de Aragón a su hijo Fernando.

Las negociaciones entre padre e hijo no habían hecho progresos durante la estancia de Sicilia. Don Carlos siempre confiaba en el éxito final y por eso se mostraba tan sumiso y respetuoso hacia su padre. Así, en una carta fechada el 14 de octubre de 1458, pide a su padre que conceda al guardián de sus libros Jaime de Mirabelle dos pequeños cargos en Sicilia.

“Deseamos, y consideraríamos una gran merced
que dicho Jaime fuese nombrado con vuestro beneplácito
y obtuviese la posesión a nuestra humilde petición
y, así, muy excelente señor,
os rogamos con todo el afecto de que somos capaces
y suplicamos a Vuestra Majestad
que tenga a bien poner a dicho nuestro secretario en posesión de los mencionados oficios”.

Sin embargo, a pesar de estar escrita la carta en un tono tan sumiso, está firmada:

“el príncipe de Viana,
primogénito y gobernador general
de
Aragón y Sicilia”.

Se comportaba como un hijo obediente y sumiso pero no se planteaba sacrificar ninguno de sus derechos en favor de su pequeño hermano consanguíneo Fernando de 6 años de edad. Seguía no obstante utilizando el título de Príncipe de Viana.

El 15 de noviembre de 1458, los embajadores de don Carlos en Cataluña le anuncian que la paz con su padre está prácticamente acordada. Don Carlos hizo entonces el error de creerla concluída y escribió la buena nueva a las gentes de Catania y de algunas otras ciudades de Sicilia. Pero Juan II se sirvió del primer pretexto para volverse atrás de las concesiones que parecía haber hecho.

El motivo fue la silla episcopal de Pamplona que estaba vacante y para la que Juan II proponía como candidato al deán de Tudela, Martín de Amátriain. Don Carlos comprendió la importancia de que el obispo perteneciese al partido beamontés y propuso al Papa a don Carlos de Beaumont, hijo del condestable Luis II de Beaumont. El Papa, no atreviéndose a escoger entre las propuestas de don Juan y de su hijo nombró obispo de Pamplona al cardenal Bessarion. Juan II quedó descontento de esta elección y atribuyó a las intrigas de su hijo el fracaso de la candidatura del deán de Tudela. Carlos no se irritó por el fracaso de su candidato pues le bastaba con haber evitado el candidato agramontés.

Juan II estaba preocupado por la popularidad que había conquistado su hijo en Sicilia y renunciando a cualquier idea de arreglo inmediato, envió como Virrey a Sicilia (enero 1459-1462) a Juan de Moncayo, gobernador de Aragón, con la misión de instar a su hijo Carlos a dejar Sicilia y dirigirse a Mallorca. El 23 de enero de 1459, el Papa expide la Bula “Recipiet fraternitas tua” ordenando a los prelados catalanes que pidiesen la libertad de don Carlos, una bula que no hemos consultado y que habrá que conocer mejor su alcance.

Retrasó don Carlos su partida de la isla tanto como pudo, hasta el mes de julio.

Estaba decidido a devolver a su padre todas las plazas beamontesas que todavía le eran fieles en Navarra - incluso Pamplona - pero a condición de que su derechos hereditarios se reconociesen y que los rehenes beamonteses que se habían entregado al salir de prisión en 1453 fuesen puestos de una vez en libertad. Finalmente debía concederse una amnistía general a todos sus partidarios y dejar el Reyno pacificado.

En caso de ruptura de las negociaciones, antes que consentir ser desheredado, don Carlos autorizaba a don Juan de Beaumont a contraer una alianza en su nombre, fuera con el duque de Bretaña (11) o con el rey de Castilla. Percibía bien que Navarra era su principal punto de apoyo. En los primeros meses de 1459 expide a Pamplona cierto número de órdenes como si quisiera retomar un papel más directo en el gobierno del país.

Don Juan había firmado el 17 de junio de 1459 en Valencia un tratado con el rey de Francia Charles VII, comprometiéndose éste a apoyar a Juan II en caso de una guerra con su hijo Carlos, incluso aunque el rey de Castilla decidiera tomar partido por éste.

En el mes de julio de 1459 fue imposible para don Carlos retrasar más su salida de Sicilia. Reunió siete galeras de guerra, puso tres bajo el mando del catalán Nicolás Vinot y las hizo zarpar de Palermo rumbo a Cerceña el 23 de julio (12). Cuando estaba en plena travesía entre Sicilia y Cerdeña Juan II firma el 27 de julio un decreto nombrando a su hijo Fernando, de 6 años de edad, duque de Mont-Blanc, conde de Ribagorza y señor de Balaguer, títulos que debían venir a su hijo Carlos según el contrato matrimonial entre Juan y su esposa Blanca I de Navarra Evreux.

Recaló en el sur de la isla el 3 de agosto, en el puerto de Cagliari. Los gastos muy notables que había tenido que soportar para fletar las galeras habían agotado los recursos que había generado contrayendo deudas que quedaron sin saldar en Sicilia. Incluso el Virrey quiso oponerse a que su oratorio privado fuera embarcado, ya que quería retenerlo como prenda en beneficio de algún acreedor. En Cagliari solicita recursos a las Cortes de Cerdeña y al Virrey Juan de Flores. Se registran ocho nombramientos realizados por don Carlos en Cagliari, fechados todos ellos el 4 de agosto, nombramientos seguramente en pago por favores financieros recibidos entonces. Se dice - aunque la fuente es dudosa - que hubo entonces un complot en Cerdeña para nombrarle Rey, pero don Carlos se opuso para no disgustar a su padre, mandando arrestar a 8 varones y 23 caballeros que habían participado en el complot.

Tenía intención de ir de Cagliari directamente a Mallorca pero se cree que pasó de noche ante la isla sin verla y llegó el día 15 de agosto al puerto de Salou, en la costa de Cataluña, tres leguas al sur de Tarragona. Instruyó al concejo de Barcelona del incidente que retrasaba su llegada a Mallorca y les aseguró que en cuanto hubiese descansado iría a la isla en donde su padre le había ordenado que esperase su decisión sobre los acuerdos pendientes de arreglo. Aprovechaba la ocasión para recomendar de nuevo su causa a las autoridades catalanas.

Encontrándose todavía en Salou envió a don Juan el 17 de agosto cuatro embajadores elegidos entre los diferentes reinos y territorios de la Corona: el siciliano Pedro Adoleti, su confesor navarro Pedro de Sada, su vicecanciller el catalán Bernardo de Requesens y un aragonés, el cesado virrey en Sicilia Lope Jiménez de Urrea, hermano del arzobispo de Tarragona, a quien pertenecía Salou. Debían entregar a Juan II las proposiciones detalladas de don Carlos y acelerar en lo posible la negociación. Reclamaba para los suyos una serie de garantías: amnistía general confirmada por las Cortes de Navarra y Aragón, puesta en libertad de los rehenes, restitución de los bienes de su hermana la princesa Blanca, del Condestable y de don Juan de Beaumont, la confirmación por el Rey de todas las donaciones hechas por don Carlos, la restitución del Principado de Viana y del ducado de Gandía, el derecho a vivir donde quisiese él y los de su Casa y ser reconocido formalmente como primogénito por todos los Estados de la Corona de Aragón.

Se comprometía a entregar todas las plazas beamontesas y para asegurar su derecho hereditario al Reyno de Navarra pedía que Navarra se incorporase a Aragón. Aconsejaba a su padre que eligiese un representante y un consejo que gobernasen Navarra en su nombre y que diese la custodia de los castillos de las capitales a catalanes o aragoneses, que prestarían homenaje vitalicio al Rey y a él mismo a la muerte del Rey. Por último rogaba a su padre que se ocupase de un nuevo matrimonio para él. Aunque no menciona a su padre el nombre de ninguna princesa, se estaba refiriendo sin duda a los proyectos de boda con la infanta Isabel de Castilla.

3.3 don Carlos en Mallorca

Carlos se hizo de nuevo a la mar el mismo día en que envió esta embajada a su padre - 17 de agosto de 1459 - arribando a Mallorca tres días después. Se alojó en el Palacio Real de la Almudaina, junto a la Catedral de Palma de Mallorca, donde se organizaron grandes fiestas en su honor con iluminaciones y fuegos de artificio. Más tarde Juan II determinó su traslado al castillo de Santueri. Se cree que don Juan había dicho cara al público que se entregasen a su hijo los castillos de la isla, pero por mensajes turbios y aviesos había dado orden de que se le franquearan algunos de los más poderosos y se le retuviese en ellos si entraba. Lo que explica que durante algún tiempo estuviese guardado como retenido en el castillo de Santueri, en Felanitx. (13)

Durante su estancia en Mallorca es visitado por el embajador portugués Gabriel Lorenzo que portaba las bases mediante las cuales se pretendía concertar su matrimonio con la infanta Catalina de Portugal. Poco antes, en el mes de abril de 1459, Juan II también había recibido en Valencia a un embajador del rey de Portugal con el mismo ofrecimiento. Don Juan respondió entonces que le avisaría cuando su hijo hubiese vuelto a su obediencia.

En octubre de 1459, estando el Príncipe en Mallorca, Juan II y Juana Enríquez se coronan reyes de Aragón en Zaragoza. Poco después, el 22 de noviembre, don Carlos escribe a su padre desde Mallorca una carta llena de sumisión y respeto. Se comprometía de nuevo en ella a librar la parte de Navarra que los beamonteses controlaban y se comprometía a no vivir ni en Navarra ni en Sicilia, a cambio de que su hermana la infanta Blanca y los suyos no fueran oprimidos. Se contentaba con salvar la heredad y la sucesión. Solicitaba vivir en el castillo de Perpignan o en algún otro con puerto de mar en el Rosellón o en Cataluña. La impresión en la corte era que don Juan perdonaba a su hijo. El 26 de enero de 1460, en el salón de las Cortes de Cataluña, en presencia del canciller Roger de Pallars, se ratifica el acuerdo entre Juan II y su hijo Carlos. Es el perdón del rey aragonés en la llamada “concordia de Barcelona”. Se acordó entonces que Juan II pondría en libertad al condestable Luis II de Beaumont, a sus hijos Luis y Carlos y a los demás caballeros que estaban todavía en rehén desde 1453, con la reversión de todos los estados, menos la Condestablía que no se devolvería a los Beaumont por haberla dado Juan II hacía tiempo a Mosén Pierres “el Joven” de Peralta.

Don Carlos toma entonces la decisión de abandonar su confinamiento en la isla de Mallorca y embarca rumbo a Cataluña sin consultar a su padre, aunque tiene dudas sobre el verdadero alcance de la postura del Rey. Pretextó que el clima de la isla no le sentaba bien. Mientras vivió en Navarra en ambiente sano la salud de Carlos se desarrolló normalmente, pero a partir del año 1458 cuando muere su tío Alfonso V el Magnánimo, tuvo una fuerte depresión. Ni comía, ni bebía y quedaba inapetente. Durante su estancia en Sicilia se veía obligado a viajar en litera pues no tenía ánimos para montar a caballo. Desde entonces su imagen había sido enfermiza.

Se embarca hacia la Península el 26 de marzo de 1460, tras siete meses de estancia en la isla.

 

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4 rumbo al condado de Barcelona

Don Carlos llegó de nuevo a Salou el 28 de marzo de 1460 con idea de dirigirse a Lérida. Consciente de que sus partidarios - que eran muchos en Barcelona - le preparaban un recibimiento entusiasta, no quiso entrar en la ciudad de inmediato. Temeroso de enojar a su padre se alojó en un convento de las cercanías, desde el cual le escribió excusándose por haber salido de Mallorca sin su conocimiento y manifestándole que deseaba hablar con él y con la Reina para convencerles de su filial afecto. Hace por fin su entrada con gran discreción en la ciudad condal el 31 de marzo, aunque siempre dejando claro que él era el primogénito y heredero de las coronas de Navarra y de Aragón.

El afectuoso recibimiento que se le otorga no resultó del agrado de don Juan, quien dió instrucciones para que solamente se le diese el trato correspondiente a cualquier infante. Don Carlos se entrevistaba poco después con su padre y su madrastra Juana Enríquez en Igualada en donde estuvieron presentes los hijos bastardos de don Juan, Alfonso de Aragón y Juan, Arzobispo de Zaragoza.

“repugnaba a la Enríquez ver a su entenado,
mas para complacer a D. Juan, que había resuelto entrevistarse con su hijo,
decidió acompañar al Rey a Barcelona,
y al llegar a Igualada salió el príncipe a recibirlos,
y puesto de hinojos les besó las manos,
correspondiendo ellos muy afectuosamente a tales
manifestaciones de respeto y cariño” 

Comunica allí a su padre su intención de contraer matrimonio con Isabel de Castilla pues el rey Enrique IV está ya en ello, pero don Juan rechaza firmemente tal pretensión que hubiera otorgado a su hijo una gran fuerza y hubiera impedido su plan para declarar heredero de Aragón a su hijo Fernando, habido de su segundo matrimonio con Juana Enríquez.

Don Carlos es el último en averiguar que su padre ya tenía decidido desheredarle también de sus derechos a la Corona de Aragón. Este proyecto movió a don Carlos a ponerse de acuerdo con sus parciales aragoneses, navarros y catalanes y reanudar antiguos tratos con el rey de Castilla. El almirante de Castilla don Fadrique, padre de la reina Juana Enríquez, informa a su yerno don Juan que Enrique IV se mostraba en efecto favorable a dicho matrimonio. Al enterarse don Juan, que se hallaba en Lérida presidiendo unas Cortes, casi al mismo tiempo, que los beamonteses se estaban preparando para la guerra y que lo mismo hacían los partidarios de su hijo en el condado de Barcelona y en el reino de Mallorca, le ordenó presentarse al punto en Lérida. Sus consejeros más cercanos le previenen y le piden que desobedezca el mandato paterno por el riesgo que conlleva acercarse a él. Aún hubo quien le dijo “que era de temer le diesen un bocado de mala digestión”.

Pero tomó no obstante la decisión de ir a Lérida.

 

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5 don Carlos aclamado vuelve a prisión.

Don Carlos se entrevistó nuevamente el 2 de diciembre de 1460 con su padre en Lérida y don Juan volvió a oponerse violentamente a las pretensiones matrimoniales de su hijo. Encolerizado por ello lo desarmó y arrestó ese día declarándolo prisionero y fundamentando su actitud en unas supuestas deslealtades. Don Carlos fue acusado de traición por mantener tratos secretos con Castilla y negociar a su espalda con el rey castellano. Hubo de recorrer numerosas prisiones durante los tres meses en que estuvo prisionero: Lérida, Aitona, Fraga, Miravet, Morella y finalmente el palacio de la Aljafería de Zaragoza, desde donde sería liberado.

Este nuevo apresamiento de don Carlos es recibido con amargura no solamente en las comarcas catalanas sino en todo España. Se percibió claramente que don Juan no pensaba devolver la libertad a su hijo mientras éste no renunciara a sus derechos sucesorios sobre Navarra y Aragón. Así el destino privilegiado del infante Fernando se vería despejado. La noticia de lo ocurrido en Lérida desagradó al monarca castellano Enrique IV, exasperó a los beamonteses navarros e indignó hasta tal extremo a las Cortes barcelonesas que no tardaron en enviar a Juan II embajadores exigiendo la libertad del real preso.

Esta inesperada acción acabó alborotando a navarros y catalanes. Desde Barcelona, la Diputación aglutinó a los catalanes en torno a don Carlos. El 8 de febrero de 1461 tiene lugar la protesta catalana en las calles de Barcelona - via fora sometent - pidiendo el exterminio de los malos consejeros de Juan II y la libertad del cautivo. Se reclutan voluntarios - payeses de remensa - y se arman y se pide ayuda al rey de Castilla quien manda 1500 caballos. Una guarnición se dirige hacia Fraga en donde se encuentra don Carlos privado de libertad. Otra se encamina hacia Lérida con ánimo de apresar a don Juan en su propio palacio del alcázar de La Suda. Éste huye precipitadamente a Fraga en donde toma a Juana Enríquez y a su hijo cautivo para alejarlo de Cataluña y va con ellos a Zaragoza. Supo al llegar que también en Valencia, Sicilia y Mallorca muchos pueblos levantaban bandera para defender a don Carlos.

La Diputación formó un Consejo representant lo Principat de Catalunya que exigió al Rey la libertad de su hijo y su reconocimiento como heredero. Pero don Juan no acepta todo lo que le propone el Consell aunque al final tiene que ceder y el 25 de febrero de 1461 pone en libertad a su hijo que estaba entonces en la Aljafería de Zaragoza. Con mal criterio, a doña Juana le pareció un acto de diplomacia y buenas maneras acompañar a don Carlos a Barcelona, pero los catalanes no se lo permitieron, obligando a la Reina a entregar a su ídolo en Villafranca.

Los catalanes, celosos de sus costumbres e instituciones de gobierno local, habían quizá comprendido que el rey don Juan estaba construyendo - de los primeros en Europa - un nuevo tipo de autoridad. Estaba acabando el medievo y se estaba inaugurando una nueva época renacentista que, en lo político, preparaba el absolutismo de la monarquía sobre las cenizas del estado feudal. Los catalanes hubieran preferido que don Juan continuara la tradición de ser un señor entre los señores. Pero don Juan se colocaba por encima de los señores incluso con desprecio de las instituciones de gobierno local. Como expone el catalán Jerónimo de Moragas, don Juan quería ser:

“un señor con el pueblo y por encima de los señores”

El pueblo estaba en la facción que se denominó “Busca” con los pequeños mercaderes en la ciudad y con la gente de la gleba, los “remensas” en el campo. La “Busca” capitanea desde los municipios y no se entusiama con el Príncipe pues tenía cerca a su Rey. Pero en la facción “Biga” los obispos, los canónigos, los Maragarit y los Cabrera, los Desplá y todos los señores que no aceptaban que el rey se situara por encima de ellos y de las instituciones que ellos controlaban - la Generalidad -, se estaba contra el rey y para significarlo, se estaba con don Carlos. Estar con él era su símbolo para hacer oposición a don Juan. Son los mismos que a la muerte de don Carlos seguirán luchando contra el rey don Juan. Y hay que dar importancia a esta lucha - de la que será vencedor don Juan - porque de ella saldrá consolidado un nuevo tipo de monarquía absolutista que acaba con el feudalismo y pronto implantarán todos los reyes en Europa.

Don Carlos ha sido liberado el 25 de febrero de 1461. Al llegar el 12 de marzo a Barcelona se le hace un recibimiento apoteósico y con gran solemnidad, convirtiéndose don Carlos en un símbolo para los catalanes, como lo había sido y todavía era para la gran mayoría de los navarros. Apoyar a don Carlos era para muchos catalanes mostrar su rechazo al rey Juan II y a sus políticas de corte absolutista. Las negociaciones entre el rey de Aragón y su hijo se reanudan entonces. El Consejo seguía exigiendo que se jurase a don Carlos como primogénito y se le nombrase lugarteniente del Principado con carácter irrevocable. Se oponía también el Consejo a la presencia de la reina Juana Enríquez en el condado de Barcelona.

El 17 de junio don Carlos entrega poderes a un caballero catalán, Juan Trellas, para concertar una alianza definitiva con Enrique IV de Castilla y arreglar su casamiento con su medio hermana, la infanta Isabel.

Por fin, el 21 de junio, por la capitulación de Villafranca del Penedés, se reconoce a don Carlos como heredero de los estados de la corona aragonesa - jurando su cargo como lugarteniente del Principado -, se obtiene para él el gobierno y rentas del Principado y se exige a don Juan que se ausente, aceptando éste no volver a cruzar la frontera del Principado. Don Juan se ve obligado a aceptar un gobierno oligárquico del Consejo presidido por don Carlos en su condición de lugarteniente.

Pero el entramado diplomático de don Juan ha sabido moverse entretanto con buenos resultados para él. El 26 de agosto de ese año 1461 la Liga nobiliaria castellana, a la que se habían incorporado los principales consejeros de Enrique IV, incitan al rey castellano a firmar una tregua con Juan II. El rey castellano prometía de antemano retirar la ayuda militar a los beamonteses, no consentir el matrimonio de su hermana Isabel con don Carlos de Viana y no inmiscuirse en los asuntos internos de Navarra. Don Carlos se vió entonces forzado a suspender las negociaciones de boda con la infanta Isabel y solicitó la mano de María de Francia, hermana de Louis XI.

Durante estas negociaciones de tregua murió don Carlos y fueron muchos los que creyeron entonces que su muerte había sido provocada por envenenamiento a instigación de Juana Enríquez, que de esta forma veía despejado el camino para que su hijo Fernando llegara al trono. El 6 de octubre de 1461 - unos quince días después de la muerte de don Carlos - las Cortes de Aragón, reunidas en Calatayud, prestan juramento de fidelidad a don Fernando reconociéndole heredero de la Corona. Logrado ésto, el heredero de 9 años de edad fue llevado por su madre al Principado a fin de recibir el homenaje de los catalanes.

 

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6 muere don Carlos

En las fechas de su arresto en Lérida - el 2 de diciembre de 1461 - don Carlos se encontraba cada vez más débil, realizando por entonces una peregrinación al Monasterio de Montserrat. Cuando lo conducen prisionero al castillo de Morella “llega muy fatigado del viaje”. Pide allí que le traigan un médico por “sufrir un fuerte dolor en las entrañas”.

 Los historiadores mencionan que “hacía tiempo que la fiebre le consumía”. Tenía períodos de calma pero de prontro se agudizaba el dolor y cada vez estaba más desmejorado. Se dijeron misas para su restablecimiento, pero en septiembre de 1461 presentía estar próximo su fin. Algunos consejeros le piden entonces casar con Brianda Vaca, legitimando así a su hijo natural Felipe, lo que don Carlos no quiso hacer.

La fiebre se hizo crítica el 21 de septiembre.

“cuantos le rodeaban veían que Don Carlos estaba ya muy enfermo
y que pese a los cuidados que le prodigaban,
la enfermedad que padecía seguía su curso inexorable...”.

Se ofrecieron votos, se hicieron rogativas públicas, pero todo fué inútil. El 23 de septiembre de 1461 don Carlos de Viana moría a los 40 años de edad en el Palacio Real de Barcelona pidiendo perdón a su padre por haber levantado armas contra él.

La versión oficial atribuyó su muerte a la tuberculosis, aunque circuló el rumor de que había sido envenenado, posiblemente por intención de su madrastra para poder transmitir sin obstáculo a su hijo Fernando los derechos de la Corona de Aragón (14).

Más de quince mil personas asistieron a las exequias en las que estuvo presente en lugar preferente su hijo Felipe de tres años de edad. La capilla ardiente fue instalada en la catedral de Barcelona donde fue enterrado, siendo trasladado en 1472 al monasterio de Poblet (15).

Don Carlos había redactado el mismo día de su muerte un testamento que dejaba sin valor el ológrafo que había suscrito el 20 de abril de 1453, al salir de su primera prisión tras la batalla de Aibar. En su último testamento, tras legar a su padre 1.000 florines (que se los debía pagar su hermana Blanca) y a su hermana la infanta Blanca el Reyno de Navarra, deja el resto de la herencia que le corresponde por su madre a sus tres hijos naturales, Felipe conde de Beaufort hijo de Brianda, Ana “la señorica”, hija de María de Armendáriz y Juan Alfonso, hijo de la siciliana Cappa. Nada menciona este testamento del pretendido hijo habido con Margalida Colom.

Antes de volver a Navarra para seguir los acontecimientos tras la muerte de don Carlos, tiene interés ver cómo se desarrollan éstos en el Principado catalán ya que éste será escenario de intrigas y alianzas internaciones que habrá que conocer para mejor comprender la postura más tarde de los reyes de Aragón, de Castilla y de Francia respecto a Navarra.

 

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7 los catalanes añoran a don Carlos y rechazan a don Juan

Juan II había heredado de su hermano Alfonso V “el Magnánimo” un legado catalán envenenado. La muerte de don Carlos y la actuación de Juan II incumpliendo lo pactado con su hijo provocan una guerra civil catalana que coincide con los levantamientos iniciados en 1462 por los payeses de remensa. El conflicto comienza en el Rosellón y el Ampurdán y polariza las comarcas catalanas durante un largo período de diez años (1462-1472).

Por un lado la Biga fortalece sus posiciones en 1461-1462. Representa el patriciado urbano y la baja nobleza que aspiraban a gobernar el Condado con las Cortes Catalanas y la Generalidad en un sistema de “pactismo” con mínima presencia real. Por otro lado los “remensas” y “buscaires” - de la facción llamada Busca - que comprendía la alta nobleza, el clero rural, buena parte de los “payeses de remensa“, los menestrales y los artesanos urbanos, más inclinados a ver la solución en elautoritarismo del poder regio, que lo preferían a la intromisión feudal de los señores. Cuando Juan II quiso apoyarse en el secular descontento de los payeses levantándolos en armas, provocó la guerra civil (16).

A la muerte de don Carlos, sus consejeros catalanes se sienten vulnerables y buscan de inmediato protección contra posibles represalias del rey don Juan. Luis XI de Francia (1423-1461-1483) acababa de acceder al trono a la muerte de su padre Charles VII “el Victorioso”. No había acabado de renovar un pacto de amistad con don Carlos de Viana cuando éste muere. Inmediatamente, los consejeros de don Carlos le escriben una carta que se dice conmovió al rey francés pues profesaba éste verdadera y profunda amistad y afecto a Carlos. Decía así la carta:

“Sérénissime prince,
très excellent et très chrétien roi et seigneur,
non sans très grande douleur et déchirement de coeur,
nous venons annoncer à votre très excellence seigneurie cette triste
et douloureuse journée sans pareille, celle de la mort de l’illustrissime seigneur,
votre cousin, l’infant Carlos, primogénit d’Aragon et de Sicile, notre seigneur si cher,
lequel, accablé de grave et mortelle maladie,
après avoir reçu avec grande dévotion tous les sacrements de la Sainte Église,
mercredi 23 du présent mois (septembre), à trois heures après minuit,
rendit glorieusement et piteusement son âme à Dieu, laissant les siens désemparés,
dans une telle tribulation que les mots sont insuffisants pour en traduire l’angoisse:
ses serviteurs, avant de trépasser, il les a, en présence de témoins oculaires,
recomandés à Votre Altesse.
C’est pourquoi, seigneur très vertueux, n’ignorant pas ce qu’étaient la foi et l’espérance
que ledit seigneur avait mises en Votre Majesté,
il a paru à nous, membres de son conseil, que le cruel malheur de cette journée
devait être notifié à Votre Altesse,
en la suppliant, dans notre désarroi et notre infortune,
qu’en raison de son infinie vertu et de l’amour qui existait
entre ledit seigneur et votre personne royale,
elle daignât nous avoir en spéciale recommandation et protection”

Esta carta habría hecho comprender a Luis XI que se encontraba ante una ocasión inesperada para poder intervenir en la Península, con el objetivo puesto en ampliar su reino, o al menos ejercer mayor influencia en el rumbo de sus vecinos. El Reyno de Navarra y el Principado de Cataluña eran dos objetivos contemplados por el rey de Francia. Y habría acentuado también el odio que tenía a don Juan por haber perseguido a su hijo Carlos, su amigo personal, una persecución que le recordaba la que también él había sufrido de su padre Charles VII, hasta haber tenido que marchar al exilio.

Se cita a Luis XI haber dicho entonces sobre don Juan:

“Je le mettrai hors de tous ses royaumes,
tant et si bien qu’il ne lui restera pas la moindre
parcelle de terre pour s’y faire enterrer”.

Don Juan vió el grave peligro que suponía el interés del rey Luis en los delicados asuntos del Principado, sabiendo bien la amistad que le había unido a su hijo Carlos. Astuto y experto en el manejo de embajadas, despacha don Juan inmediatamente a su embajador y fiel servidor Bernard d’Oms, nacido en el Rosellón y que a la sazón era hermano de Charles Oms, consejero éste del rey francés. Don Juan juega fuerte desde el principio. El embajador informa al rey francés - en realidad se trataba de un chantaje - que don Juan había decidido casar a su hijo el infante Fernando (1452-1516), heredero del reino de Aragón, con María de Borgoña (1457-1482) hija de su temido y poderoso enemigo Carlos el Temerario (433-1477), duque de Borgoña. Pero le prometía fielmente que si el rey de Francia abandonaba su ayuda a los rebeldes catalanes, cancelaría tal proyecto matrimonial (17).

Estos chantages eran práctica habitual en la diplomacia de la época, por lo que Luis XI no se allanó. Puso a su vez a sus juristas a estudiar los hipotéticos derechos dinásticos que pudiera tener a la corona de Aragón, lo que indicaba su intención no solamente de ayudar a los rebeldes catalanes sino incluso de poseer el trono de Aragón con el Principado catalán.

Supieron de ésto los catalanes y les pareció peligrosa y desmesurada la ambición del francés. Aunque se encontraban en rebeldía contra su rey Juan II, seguían considerándose leales a la corona de Aragón y así lo hicieron saber al rey francés en una carta que le escribieron agradeciendo a Luis XI “sus buenos sentimientos hacia ellos y hacia el Principado”, pero dejando bien claro su lealtad a la corona de Aragón:

“ (...) ce que nous fîmes pour la liberté de l’Infant Carlos,
de glorieuse mémoire,
primogénit de la maison royale d’Aragon,
a eu pour seul et unique mobile la fidélité due à la couronne royale d’Aragon
et à ce prince en tant que primogénit de la dite couronne,
et sans autre motif ou considérant.
Toutefois, si Votre Excellence trouve notre conduite louable,
nous en sommes satisfaits.
De notre côté, nous rendons grâces à Votre Altesse de ses bons sentiments envers nous
et envers le Principat,
et ce dernier ferait volontiers tout autant pour le bien et le service de Votre Altesse,
en cas de nécessité,
sauf toujours le respect et la fidelité due à notre seigneur le roi”

No tardaron ambos reyes Juan II de Aragón y Luis XI de Francia en comprender que necesitaban entenderse y llegar a un acuerdo entre ellos. Don Juan buscaba someter a los catalanes de la Biga a su autoridad, reduciendo para ello el grado de autonomía política de que disfrutaba el Principado dentro de la Corona de Aragón, incluso acabando con ciertas veleidades “pactistas” que se habían mostrado tras la muerte de don Carlos. Sabía que el Principado era fuerte y rico por su agricultura y por su comercio de tierra y de mar y no lo quería perder a su autoridad. Por otro lado, sabía bien don Juan que Francia había sido fiel aliada de Castilla desde la guerra de los dos Pedros y del conflicto dinástico que trajo los Trastamara en 1369 al trono de Castilla. Y convenía acabar con esta alianza y tratar de aislar a su enemigo castellano el rey Enrique IV, por lo que entenderse con Luis XI encajaba en una lógica de buena estrategia política y diplomática.

Necesitanto don Juan ayuda financiera para sostener sus ejércitos, sabía que Luis de Francia podía ayudarle en eso. Consiguió del rey francés 300.000 escudos a principios de 1462, entregando en garantía Rosellón y Cerdaña. Luis XI confiaba astutamente que a cambio de su ayuda financiera acabaría recuperando para Francia esos territorios que eran parte del Principado desde que fueran cedidos a la corona de Aragón en el siglo XIII por San Luis de Francia (18).

La primera intervención de Luis XI en el Principado para ayudar a don Juan se presenta en ocasión de la venida a Cataluña de Juana Enríquez después de ser coronada reina de Aragón el 6 de octubre de 1461, unas dos semanas después de la muerte de don Carlos de Viana. Convocadas por Juan II, se habían reunido el 7 de octubre las Cortes de Aragón en la iglesia de San Pedro de los Francos de Calatayud para prestar juramento de fidelidad al infante Fernando de nueve años de edad, como promogenito, heredero y sucesor a la Corona de Aragón.

Juana Enríquez consideró entonces el momento llegado para ir a Barcelona como Reina, acompañada de su hijo el heredero Fernando, para recibir el homenaje de los catalanes. Pero éstos, que habían sospechado el envenenamiento de don Carlos por su madrastra, se indignaron con su presencia y persiguieron a la Reina y al Infante niño, teniendo éstos que refugiarse en Gerona en donde un ejército de la Generalidad, bajo el mando de Roger Pallarés, el conde de Pallars, la asedió. La enérgica Reina supo defenderse durante cuatro meses en la torre de la iglesia de la plaza principal con el Maestre de Montesa. Don Juan trató de penetrar en el Principado, lo que le estaba prohibido, y las Cortes catalanas pronuncian entonces su destitución tomando la decisión de ofrecer el gobierno del Principado a quien mejor ayuda quisiera darles.

Ante la imposibilidad de penetrar en Cataluña para socorrer a la Reina y al Infante Fernando, don Juan se vio obligado a solicitar la ayuda de su nuevo aliado el rey Luis XI de Francia. Llegan entonces con rapidez las tropas del rey francés al mando de Gaston IV conde de Foix - que era precísamente el yerno de don Juan por el matrimonio con su hija menor la infanta Leonor de Navarra Trastamara - y consiguen levantar el cerco liberando a los reales sitiados, aunque luego no pudieron tomar Barcelona (19).

 

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8 los catalanes en busca de un Señor

La Diputación de Cataluña había aceptado la solemne renuncia de los derechos al trono de Navarra que había hecho la infanta Blanca de Navarra Trastamara en San Juan de Pié de Puerto el 30 de abril de 1462, cuando la conducían con engaño a Orthez (20).Y acude entonces la Diputación a Enrique IV de Castilla - anterior esposo de doña Blanca - para reconocerlo como señor del Principado. El 13 de noviembre de 1462, Enrique IV acepta los derechos que le otorgó doña Blanca el 30 de abril y ordena a sus tropas que entren en Navarra, enviando otro ejército a Cataluña. Enrique IV es nombrado conde de Barcelona y señor del Principado, a cambio de respetar los “usatges” catalanes.

Ante la presencia de tropas francesas aliadas de don Juan en el asedio de Gerona, las Cortes catalanas solicitan ayuda a Enrique IV quien envió tropas al mando de Juan de Beaumont. Entonces Gaston de Foix - recibiendo sin duda órdenes de Louis XI - se retira a sus estados alegando que no podía luchar contra Castilla por ser la aliada de Francia (21). Don Enrique no creía realmente en la empresa catalaña, pero se prestó a enviar su ejército a modo de partida de ajedrez, pensando más bien en retirarlo si a cambio don Juan abandonaba Navarra en su favor y no en el de los condes de Foix. A cambio, Enrique no molestaría a don Juan ni en Aragón ni en el Principado catalán. Éste era su plan cuando se entrevistó con Luis XI quien iba a actuar como árbitro, confiando el castellano que el francés se pronunciaría en este sentido (22).

Don Juan y Enrique IV habían solicitado en efecto al rey francés un arbitraje sobre estos asuntos. El 23 de abril se da a conocer la sentencia de Bayona. Luis XI declaraba que tanto Navarra como el Principado de Cataluña estaban obligados a reconocer como su rey, sin condiciones, a Juan II. Trataba a los Foix como futuros reyes. Enrique IV debía recibir la merindad de Estella. Aunque por oposición de los navarros esta merindad nunca se entregó, Castilla encontró un apoyo legal para retener indefinidamnente las fortalezas de los Arcos, Laguardia, San Vicente, etc. que ocupaban desde hacía algunos años. El 28 de abril Enrique IV y Luis XI se entrevistan a orillas del río Bidasoa. La entrevista ( “no se gustaron mucho” dice el cronista) significó una ruptura entre los soberanos.

Enrique IV quedó frustrado con los resultados que estaba obteniendo en su aventura catalana y en 1463 la nobleza castellana le forzaría a abandonarla, dejando el Principado a su suerte.

En este episodio que protagonizan Luis XI, Enrique IV y Juan II, territorios navarros - y no solamente su trono - son objeto por primera vez de moneda de cambio en los arreglos diplomáticos europeos de la época. Y esto debe recordarse pues Navarra está entrando en un momento de su historia en el que su rumbo estará marcado por el devenir de las relaciones externas europeas hasta desembocar en la pérdida de su independencia política de 1512.

Posteriormente a Enrique IV, la misma oferta de señorío recibió don Pedro - el condestable de Portugal nieto del conde de Urgel - que desembarca en Barcelona y toma posesión del condado el 21 de enero de 1464, falleciendo en Granollers de muerte sospechosa el 29 de junio de 1466 (23). Don Juan contraataca nombrando a su hijo el infante Fernando primogénito general en una ceremonia en la Seo de Zaragoza el 21 de septiembre de 1464. Fue nombrado heredero de Sicilia, Aragón y las demás soberanías de su padre, incluído el condado de Barcelona.

Los radicales del Consejo eligen entonces a Renato I de Anjou, rey titular de Nápoles, que había perdido el trono en 1442 a manos de Alfonso V el Magnánimo. Luis XI había comprendido que no conseguiría sus propósitos en el Principado con la alianza con don Juan y decidió apoyar a Renato de Anjou quien prudentemente no se acercó al Principado (24). Don Juan cumple entonces la amenaza que en su día había hecho al rey francés y se alía con la casa de Borgoña y con Inglaterra, enemigas de Luis XI.

El 20 de agosto de 1466 el rey Renato - cabeza de la familia Anjou enemiga de la Casa de Aragón en las dos Sicilias y en el Mediterráneo - acepta la oferta de los catalanes a pesar de sus setenta años y de hallarse ciego y envía a su hijo el valiente Juan de Lorena a Barcelona para tomar posesión del Principado en su nombre, como su lugarteniente general.

La ocupación militar del Principado por los angevinos (Anjou) había comenzado en la primavera de 1467 pero fue contenida por la habilidad de Juana Enríquez y del infante Fernando que recibió el bautismo de fuego en esa campaña, ganando su primera batalla contra los sublevados catalanes entre las localidades de Prats de Rei y Calaf. Don Fernando obligó a Juan de Lorena a levantar el sitio de Gerona. Pero éste logró apoderarse de todo el Ampurdán.

En este tiempo, el 13 de febrero de 1468, muere en Zaragoza la reina Juana Enríquez. Poco después, el 19 de junio de ese año, don Juan corona en la Seo de Zaragoza a su hijo Fernando de 16 años como rey de Sicilia. En octubre del año siguiente de 1469 casará en Valladolid con Isabel de Castilla. Tiene entonces Fernando 17 años y cuenta ya en ese tiempo con dos hijos - nacidos de “suelto y suelta” - llamados Alfonso y Juana.

Hasta llegar al matrimonio de Isabel y Fernando en 1469 y después de él, los asuntos en Castilla por razón de los derechos sucesorios de la “Beltraneja”, han creado una inestabilidad muy grave que se acentuará con la intervención armada en Castilla y en las Vascongadas de los reyes de Portugal y de Francia. Será importante retomar más adelante estos acontecimientos, pues todo lo que en esta época ocurre en los reinos vecinos tiene de inmediato repercusión en Navarra.

El 22 de enero de 1468, muy pocos días antes de fallecer la reina Juana Enríquez, el rey Juan II había celebrado en Tarragona los desposorios de su hija natural doña Leonor de Aragón con su rival el joven Luis III de Beaumont, con quien buscaba entonces congraciarse. Por este matrimonio, Luis de Beaumont se convertía en cuñado de Fernando, el futuro Rey Católico, con quien entablaría además una estrecha alianza que llevaría al bando beamontés a a luchar en favor de sus pretensiones a ocupar el trono de Navarra.

El 16 de noviembre de 1469 muere Juan de Lorena, dejando a los barceloneses de nuevo sin un Señor de su agrado. Rechazan las proposiciones conciliadoras que les hace don Juan, quien logra reunir fuerzas suficientes con las que poner sitio a Barcelona. La ciudad capituló, consiguiéndose un tratado honroso para ambas partes. El Rey - ciego aunque parcialmente recuperado por una operación de cataratas y con 70 años - entra entonces en Barcelona y el 22 de diciembre de 1472 hace solemne juramento de guardar los fueros de Cataluña. Poco antes, en 1470, Juan II había firmado en Brujas una alianza con el duque de Borgoña, Carlos el Temerario, ejecutando así la amenaza que antes hubiera hecho al rey de Francia al que de este modo obligaba a desistir de su acoso en Cataluña.

Por la Capitulación de Pedralbes Juan II pacificó el Principado con una amnistía general. La guerra civil había arruinado totalmente al Principado agravando así la crisis económica que se sentía desde el siglo XIV. De esta forma concluyó aquella larga guerra civil que produjo como hecho más relevante asegurar la sucesión de don Fernando en la totalidad de los dominios reunidos por su padre.

 

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9 Castilla, Francia y Aragón deciden por Navarra

El conflicto primario - la lucha entre don Juan y su hijo Carlos de Viana - había dejado de ser únicamente navarro tomando un cariz y una importancia, primero nacional, pero que ya apuntaba hacia futuros conflictos europeos. Sirva de ejemplo que Luis XI de Francia quisiera aprovechar la coyuntura que le es favorable por la debilidad de don Juan en el Principado catalán para exigirle garantías de acceso al trono navarro de sus súbditos los condes de Foix. Para el rey de Francia, su apoyo a la candidatura de sus vasallos para ocupar el trono de Navarra era solamente un preludio de sus verdaderas intenciones de ampliar sus dominios reales.

Fallecido Carlos de Viana en 1461, don Juan y Luis XI acuerdan a principios de 1462, según el tratado de Olite, que el trono de Navarra pasaría en su momento a la infanta Leonor casada con el Gaston IV conde de Foix, desairando de esa manera los derechos sucesorios de su hermana mayor doña Blanca. Los reyes se habían encontrado en un lugar muy cercano de Sauveterre de Béarn bajo los auspicios del conde de Foix y fue allí (25) donde se concertó además el compromiso de Luis XI de aportar 7.000 hombres en cuanto lo pidiera don Juan para su campaña en Cataluña y el pago de 300.000 escudos (200.000 doblas) de oro. Luis XI sabía que don Juan no podría hacer frente a su reembolso en el plazo de 10 años que se le había dado y obtuvo como garantía los castillos de Perpignan y de Collioure así como las rentas ordinarias de Cerdaña y Rosellón. Don Juan solicita poco después la ayuda de Luis XI en ocasión del asedio a la reina doña Juana Enríquez en Gerona que se ha descrito antes.

Sauveterre de Béarn

El 22 de marzo 1462 acuerdan Enrique IV y Juan II abandonar aquél todas las fortalezas que ocupaba en Navarra, excepto Viana. Juan II restablecía en esa ocasión a los beamonteses en todas sus posesiones, incluyendo la espada de Condestable que tradicionalmente había pertenecido al conde de Lerín, jefe de la facción beamontesa.

La guerra catalana había tenido también el efecto de contagiar los condados de Cerdaña y Rosellón que en su revuelta habían roto su vasallaje con don Juan y expulsado a los franceses. Luis XI envía de inmediato a Jacques de Armagnac, duque de Nemours, quien toma Perpignan y Puygcerda, rindiéndose también los condados a los franceses. Luis XI les dijo entonces que habían abandonado a su Señor soberado, el rey de Aragón, y que se encontraban sin Señor, por lo que en adelante lo sería Él mismo por derecho de conquista. Los acuerdos del encuentro de Sauveterre quedaban así rotos y olvidados.

La última aventura de Juan II fue un intento inútil de querer recuperar el Rosellón y la Cerdaña. Sería Fernando el Católico el que resolvería el asunto en la sentencia arbitral de Guadalupe (1486) tras la seguna guerra de “remensa” (1484-1485) y en el tratado de Barcelona de 1493.

A Juan II le llegó la muerte en Barcelona el 19 de enero de 1479, a los 82 años de edad, siendo enterrado en Poblet.

Juan II fue un rey de gran talento y visión política, inquieto y turbulento, sensual, avaro y autoritario, distinguido por sus contemporáneos con el título de el Grande. Su hijo Fernando por su herencia y su matrimonio con Isabel de Castilla se convirtió en rey de Castilla, Aragón, Sicilia y Nápoles. Su hija Leonor nacida del matrimonio con Blanca I de Navarra heredó el reino de Navarra, pero reinó solamente unos días y por su matrimonio con el conde de Foix, llevó la corona de Navarra hacia derroteros franceses.

Tres generaciones de la misma familia Trastamara castellana - por la rama adoptada aragonesa - decidirán el rumbo de España en el siglo XV: Fernando de Antequera, sus hijos Alfonso y Juan y su nieto Fernando, el Rey Católico.

 

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